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"Para Dios, nada es imposible" (Lc. 1,37)

sábado, 27 de agosto de 2011

Cuando pedimos que cambien los otros


En las Iglesias orientales se cuenta el relato de tres peregrinos que, yendo de camino a Tierra Santa, se perdieron del resto de la caravana en la que viajaban. Al ir a mirar en el morral los víveres que llevaban descubrieron que entre los tres tenían una sola manzana...
Cada uno de ellos rezó así:
el primero pidió a Dios que transformara esa manzana en mil de manera que los tres pudieran tener comida suficiente para todo el viaje;
el segundo pidió a Dios que hiciera de esa manzana una muy grande, muy grande...tan grande que pudieran alimentarles durante mucho tiempo;
y el tercero rezó así: "Señor de la vida, haznos pequeños para que esta manzana que nos has dado de tu bondad pueda servirnos de alimento en nuestro camino"


Cuantas veces, con buenísimas intenciones, deseamos que cambien "esas manzanas" con las que hacemos el camino de la vida; cuantas veces, en momentos de falta de entendimiento y dificultad, pedimos y esperamos que sea el otro quien modifique su manera de ser; con cuanta frecuencia olvidamos que las relaciones son, como mínimo, cosa de dos; con cuanta facilidad pensamos que la solución del problema está en la transformación del otro...
Y a pesar de todos nuestros deseos y súplicas, el otro sigue siendo quién es...

Volviendo al relato oriental que encabeza la página: ¿no será que nuestra súplica habrá de parecerse a la del tercer peregrino? 
Quizás sea éste el reto: dejar de ansiar tanto el cambio del otro para aceptarlo, valorarlo, y respetarlo tal cual es; permitir que sea tal como ha sido pensado y ayudar a que lo sea en plenitud; atrevernos a reconocer que la aceptación e integración de las diferencias nos hace a todos un poco mas grandes; gozarnos en la complementariedad; ser decididamente universales; querer al otro tal y como se nos ha dado y dar gracias porque a nosotros se nos quiere tal como somos...
Y más difícil todavía: meditar qué hemos de cambiar en nosotros; pedir, no por la metamorfosis de los demás, sino porque esa conversión que tanto necesitamos se produzca en nosotros mismos.

Que seamos el peregrino que reza:
Señor de la vida, hazme pequeño para poder llegar a ser como Tú quieres que sea, y serlo con los demás, para los demás y hacia los demás


Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana


domingo, 21 de agosto de 2011

Nunc dimittis





Gerbrand van den Eeckhout-Simeon en el Templo
"Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz;
porque mis ojos
han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos,
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel" 
Lc 2:29-32



La oración con la que hoy empiezo esta página es el "Nunc Dimittis". 
Es el cántico del anciano Simeón, aquel devoto judío a quién el Espíritu Santo le había prometido que no moriría hasta haber visto al Salvador. Cuando la Virgen María y San José llevan al Niño Jesús al Templo, en Jerusalén, para realizar la ceremonia de consagración, Simeón estaba allí- tras haber esperado toda una vida- y toma a Jesús en sus brazos y recita su canto de gratitud y esperanza.

Es una oración bella, entrañable, alentadora...
Desde el siglo V se ha recitado en la plegaria nocturna como parte del oficio monástico de las horas. Y yo, que no soy monje, hace años que la he incorporado en mi rutina cotidiana...La rezo cada noche, antes de dormir, cuando todo ha quedado en silencio y no queda nada más por hacer...Y la rezo como lo hizo el anciano Simeón: con la alegría de un cántico, con la certeza de una promesa cumplida, con la paz de descubrir que todo tiene su sentido...
Al rezarla, repaso esos acontecimientos del día en los que, de alguna manera, he visto a Dios...Tiene algo que ver con la necesidad de admirar lo que me rodea y a quienes me rodean; de descubrir en ellos lo bueno, lo que me hace sentir mejor para sencillamente, reconciliarme con un mundo que tantas veces me parece injusto y gris... Está inevitablemente unida a la necesidad de esperanza. Me infunde una paz profunda que me conduce al sueño. Expresa el deseo de partir de este mundo habiendo disfrutado de él; de llevarme la experiencia que refleja el cuadro que hoy acompaña esta página: rodeado por todos- eruditos, sencillos, ancianos, jóvenes...- haber tenido el privilegio de tener en mis brazos lo mejor de la vida, eso que la ha llenado de luz y que me permite decir, con palabras de Neruda,  algo así como "confieso que he vivido".

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana



domingo, 14 de agosto de 2011

Uncle Gerry



Te voy a contar, con alegría, un acontecimiento triste. "Uncle Gerry", el tio de Tommy, mi marido, acaba de morir.
Que la entrada de hoy sirva como pequeño homenaje a quien nos acaba de dejar y tantos queríamos.

Uncle Gerry era unos de esos hombres que llamamos personajes, tipos ilustres en el teatro de la vida. Vivió su existencia, como diría Sinatra, a su manera; y la vivió plena, apasionadamente, yo diría que "a lo grande". 
Hijo de una familia numerosa y muy humilde logró salir adelante con trabajo constante e ilusión por nuevos e inauditos proyectos. Fue aristócrata de los humildes: viajó cuando no lo podía hacer nadie a su alrededor, las fronteras de Escocia se le quedaron pequeñas; condujo cuando el resto de sus familiares y amigos no sabían lo que era un coche; le encantaban los buenos puros cuando no había dinero ni para fumar. Trabajó- hizo de casi todo-, ganó dinero y también lo perdió, se divirtió, amó, cuidó de su familia...Adoraba a los jóvenes; con ochenta años se sentía uno de ellos y ellos lo aceptaban como tal. 
Fue emprendedor, guerrero- como buen hijo de William Wallace-, soñador, valiente, generoso con los demás, ameno conversador, hombre piadoso...

También, y como todos, vivió sus propios dramas: ausencias, enfermedades, conflictos personales... A pesar de ello, nunca dejó que las dificultades le estropearan la vida. Siempre había recursos para salir adelante: el canto, la oración, las tertulias interminables, el próximo proyecto, un buen trago...Por cierto, poco antes de morir, pidió a la enfermera un whisky...Y le supo a gloria.

Ahora, al recordarlo y dolernos su ausencia, esbozamos una sonrisa con tantas anécdotas entrañables que nos hablan de un hombre que tuvo pasión por la vida y la supo contagiar. Y ese, "¿te acuerdas cuando Uncle Gerry...?", nos hace y nos hará, no sé cuantas veces más, recordar lo bello que es vivir.

Se nos ha ído un gran personaje pero nos deja alegres; nos ha dado el ejemplo de vivir y morir a gusto. Que bonito es que alguien, incluso al morir, nos invite a vivir.

Gracias mi querido "Uncle Gerry" por habernos enseñado a apreciar el gran regalo que es la vida. Gracias porque, a punto de emprender tu último viaje, regalaste la mejor sonrisa a tu sobrino cuando corrió a verte. Gracias por esos momentos de ternura de niño grande que me ofreciste.
Estoy convencida de que Dios te recibirá con inmensa alegría. Ciertamente, lo que Él te dio en la vida lo supiste disfrutar.
Descansa - aunque bien sé que lo de descansar no es lo tuyo- en paz.


Te quiero mucho. Hasta el domingo.

Ana



domingo, 7 de agosto de 2011

Los santos del siglo XXII

Un joven obispo español ha hecho unas bellas declaraciones con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Madrid dentro de muy pocos días:
"En la Jornada Mundial de la Juventud van a estar presentes los santos del siglo XXI. En las calles, en Cuatro Vientos, en las catequesis van a estar sentados los santos que van a ser venerados en el siglo XXII" (Mons.Xavier Novell)
Y en su afirmación, yo incluyo a esos santos futuros que no acudirán, por un motivo u otro, al evento.

Efectivamente, en este Agosto del 2011, junto al Papa Benedicto XVI, van a llegar a Madrid jóvenes procedentes de todos los lugares del mundo. Atraídos por una fe que convoca y pide ser compartida, van a estar y a encontrarse por las calles de la capital de España portando una Cruz que les acompaña desde el año 1984, cuando Juan Pablo II se la entregó para que la llevasen por el mundo "como signo del amor del Señor Jesús a toda la humanidad".
Así, todos tendremos el privilegio de contemplar una Cruz sostenida por brazos jóvenes de cualquier lugar de este planeta; Cristo aupado por aquellos que se encuentran "buscando una vida mas grande"; Cristo en diálogo con los que serán el futuro de la sociedad y de la Iglesia; Cristo en compañía de los que con su actitud, y a pesar de los tiempos que corren, nos dicen que la vida es tremendamente bella... 

Los jóvenes, es verdad, son los santos del futuro; están destinados a hacerse cargo de un mundo que necesita ser cuidado; son los futuros responsables de repartir equitativamente el pan, de portar esos valores que hagan feliz a la humanidad... Ellos, por unos días y ojalá siempre, nos van a contar que merece la pena "pasar por la vida haciendo el bien".

Estarán en las calles de Madrid y luego regresarán a todos nosotros. Y los encontraremos en la propia familia, en las escuelas, en las universidades, en los parques, en los sitios donde salen a divertirse... 
Y serán los santos del siglo XXI y XXII porque dejarán pasar la Luz...

Yo creo en ellos, les admiro, me gusta acompañarles de lejos, me alegra verles crecer, me inundan de esperanza...

Estoy segura que otros los venerarán en el siglo XXII; pero a mí, ahora, lo que me toca hacer por ellos es rezar:
Señor Jesús, tú que empezaste convocando y lo sigues haciendo después de tanto tiempo, haz que estos jóvenes que se van a encontrar en Madrid y todos los jóvenes del mundo, crezcan con ilusión y esperanza; que siempre vayan más allá de lo establecido, de lo rutinario, de lo previsto; que sientan, en todo momento, el impulso de los ideales grandes; que logren disfrutar de una vida serena y feliz; que se fíen siempre de Dios; que sean capaces de "dar amor para recibir amor"; que vivan siempre "arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe". Amén


Te quiero mucho. Hasta el domingo 


Ana 








domingo, 31 de julio de 2011

Esperar


Salimos de vivir una época en la que todo ha sido prácticamente instantáneo. Las posibilidades económicas, el progreso tecnológico, el fenómeno llamado globalización, entre otros factores, nos han permitido tener acceso fulminante a aquello que deseábamos.

Nuestros hijos han crecido con la necesidad de que todo fuera inmediato: "quiero o necesito esto para ahora"...Quizá se nos haya olvidado enseñarles, porque no hemos estado obligados a ello, lo bello que es saber esperar. ¿Será que también se nos ha olvidado a nosotros?

Hoy las cosas, sobre todo desde el punto de vista económico, parece que vuelven a ser distintas y en la adaptación que sin duda tenemos que hacer, junto al sufrimiento de aquellos que realmente están pasándolo mal, descubro la posibilidad de recuperar valores que el dinero y las ansias de tener cada vez más habían conseguido enterrar. Uno de estos valores es el de esperar...                                                                           Esperar a conseguir lo que nos hemos propuesto; esperar a tener algo que compraremos tras ahorro y esfuerzo; esperar a que nos vaya mejor; esperar a que se cumplan nuestros sueños... 
Esperar... y mientras se espera, subrayar los aspectos más hermosos de aquello que con ilusión aguardamos; hacerlos presentes en nuestro corazón de una manera más intensa; capacitarlos para que nos devuelvan la ilusión, la fe y nos hagan crecer en perseverancia...
Esperar mientras que, absortos en la espera, nos olvidamos de la necesidad de lo esperado para disfrutar de su valor.   


Los hombres del campo saben esperar y conocen lo que esa espera implica; se pasan los días mirando al cielo y mirando al suelo. Miran su labranza, su siembra y después alzan los ojos al cielo esperando a que llueva o salga el sol...Tienen la certeza de que la recolección no solo depende de ellos.
Y yo me pregunto: ¿será que tendremos que volver a mirar al cielo mientras esperamos a recoger nuestra cosecha?

Probablemente esperar no sea más que crecer en humildad y paciencia, sabiendo que no todo está en nuestras manos, sino que hay Alguien más grande que nosotros que está ahí y que de alguna manera, siempre impredecible, permite que aquello que necesitamos se nos vaya concediendo de maneras y formas insospechadas, en el momento oportuno.

De alguna manera, saber esperar solo sea reconocer que no lo podemos todo...
Quizá haya que volver a mirar al cielo, a pedir y a confiar.

Te quiero mucho. Hasta el domingo.

Ana



domingo, 24 de julio de 2011

Imagina



Imagina que la vida ha pasado y te has hecho mayor...
Imagina que, tras tantos años andando, las piernas han dicho ya no más y les has dado descanso sentándote para siempre en una silla de ruedas...
Imagínate en esa silla, empujado por la persona, casi igual de mayor que tu, con la que has compartido toda una vida...
Imagina que, después de tanto como habéis luchado y cuando solo queda rezar, os sigue gustando ir a misa de diario...Y que llegáis ahí cada mañana, tú en tu silla de ruedas, empujado por quien ha decidido permanecer a tu lado hasta el final...
Imagina que tu silla no cabe en un banco normal de la Iglesia y que quedas a un lado, un poco retirado, en una soledad no sé si querida pero no buscada...
Imagina que aún así, intuyes que el otro, el que te sostiene y empuja está un banco detrás de ti...
Imagina que vives la misa con piedad, con confianza pides por aquellos que quieres, y con humildad agradeces tanto como se te ha ido regalando...
Imagina entonces que se acerca el momento de acudir a comulgar...Y que sigues ahí, solo, sin poderte mover de esa silla que te ayuda pero que definitivamente te ha convertido en espectador del teatro de la vida... Entonces imagina que, de repente, sientes que la mano del que te quiere se posa sobre tu hombro para decirte que te va a acercar hasta el Señor...Imagínate empujado por él para recibir al Dios de la vida... Imagínate inmensamente agradecido y feliz.

Yo no puedo imaginarlo porque se me concedió la oportunidad de contemplarlo; una escena, estoy segura, que no casual, sino fruto de renuncias, de diálogo, de donación, de templanza, de entrega...Y, al contemplarlo, me sentí orgullosa del ser humano y profundamente feliz.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 17 de julio de 2011

Cáritas


No sé si alguna vez te has preguntado sobre la colecta de dinero que hacemos en la misa de cada domingo. En el momento de las ofrendas, alguien pasa con una cesta y, nuestra mano, sin que la vea la otra- "no sepa vuestra izquierda lo que hace vuestra mano derecha"- acude al bolsillo y lo deja un poco más ligero.
Con este gesto, y con otros que nadie ve, ofrecemos parte del fruto de nuestro trabajo en la búsqueda del bien de nuestros hermanos más necesitados, quienes quiera que sean, aquellos que, como en la parábola del buen samaritano, encontramos "casualmente"...

Pues bien, he aprendido que mucha parte de ese dinero va destinado a Cáritas, la organización sociocaritativa de la Iglesia Católica. Cáritas, como Iglesia que recuerda el mandato de Jesús, cumple con el ministerio de la caridad, del amor y la ayuda al prójimo...
Y lo que Cáritas hace, más del 60% lo lleva a cabo con el dinero de aportaciones privadas; entre otras, con ese dinero que, con mayor o menor esfuerzo, abandona cada domingo nuestro bolsillo.

Acabo de leer que Cáritas, en toda España, ha pasado de atender de 400.000 personas en el 2007 a 950.000 en el 2010; personas que, en su mayoría, han perdido su empleo como consecuencia de la crisis, y "que si en los primeros momentos de esta comenzaron siendo desempleados “recientes”, han pasado ahora a ser parados de “larga duración”; que son, en amplio porcentaje, familias jóvenes, con uno o dos hijos pequeños, y jóvenes desempleados en busca del primer empleo...
Hacen colas interminables a las puertas de las parroquias...Yo he sido testigo de esas colas... Colas que dibujan el dato de que la pobreza relativa en España alcanza ya a un 20,8 por ciento de la población (casi 10 millones de personas).


Pero lo importante no son las cifras, aunque sean aterradoras...Lo que hay que contar son las vidas de las personas y familias que se esconden tras los datos.

Y, ante esto, creo que no nos podemos quedar en la indiferencia...Nos corresponde actuar para hacer un mundo mejor. En palabras de Benedicto XVI: 
"A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible...El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un « corazón que ve »".

Te invito a no dejar de ver y a hacer el bien; a hacerlo en primera persona, con lo poco o mucho que podamos cada uno, sin excusas y con la alegría que siempre conceden los gestos del corazón; a seguir acudiendo al bolsillo; a dar y a darnos nosotros mismos...
Ver y hacer el bien para ayudar a quienes lo necesitan; para colaborar en el misterio de la redención; para recibir la gracia de sentirnos ayudados al ayudar; para ser instrumento de Dios y solo instrumento... Para, en fin, escuchar de nuevo un día aquellas bellas palabras de Jesús:
"Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y fuisteis a verme...Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis (Mt 25, 35. 40)

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana 







domingo, 10 de julio de 2011

Volver


Ha vuelto el verano y con él, la luz, el calor, el caos familiar, el relativo descanso, las noches largas, la siesta a la sombra de los pinos, las tertulias infinitas con los amigos...

También nosotros hemos vuelto a casa; al sitio que nos cobijó durante tantos años y que fue testigo de tanta vida; al lugar al que siempre nos gusta volver...
Y, ¡que fortuna la de volver! porque, de alguna manera, más que al lugar regresamos a nuestra gente. Estoy convencida de que no se vuelve a los sitios sino a la gente- si es que alguna vez nos marchamos de ella-. Se vuelve a esas personas que nos cedieron un día un hueco en su vida e hicieron que nos sintiéramos bien; gente con la que hemos compartido tantos momentos; gente que recuerda otros veranos y otros inviernos; seres queridos a los que los acontecimientos, unas veces alegres y otras profundamente dolorosos, nos han unido para siempre; gente a la que quiero...

No sé si vuelvo "con la frente marchita" pero a mí me parece que el tiempo no ha pasado; que todo sigue como estaba; que las conversaciones pendientes se reinician con la naturalidad de siempre; que me siguen esperando para pasear por la playa; que han cuidado con mimo nuestro sitio en esa mesa que tantas veces compartimos; que solo han cambiado a quienes les toca crecer...
Vuelvo y, al volver, me siento bendecida por Dios, por los amigos y por la vida; y me invade una sensación profunda de agradecimiento; y con esa valentía que el amor de los demás infunde, me atrevo a echar un guiño al tiempo y, con permiso de Gardel, dejo de sentir "que es un soplo la vida" para gozar de cierta sensación de eternidad...

Llegará Septiembre y diremos adiós con melancolía otoñal  pero nos tocará, de nuevo, volver: volver a aquellos con los que compartimos el resto del año; a quienes hemos echado de menos mientras estábamos lejos; a los que también quiero inmensamente...

Me gusta el regreso; que suerte poder, constantemente, volver...

Te quiero mucho. Hasta el domingo.


Ana


domingo, 3 de julio de 2011

Atreverse a educar



Quizá, una de las tareas más difíciles que tenemos todos los seres humanos sea la de educar, orientar, guiar... Además, creo que el ejercicio de esta asignatura, la mayoría de las veces nos pilla desprevenidos y no nos queda más remedio que ir aprendiendo con la práctica...
Educar para hacer que el otro, un día, sea una persona capacitada para, con muy poco, ser feliz; enseñarle que existen los otros y que es muy importante respetarlos, a la vez que conseguimos el respeto a uno mismo; instruirle para que sea capaz de elevarse por encima de sus limitaciones; guiarle para que un día viva más feliz y consiga que los demás también lo hagan; pedirle que contribuya, con las actitudes aprendidas, a que el mundo que nos ha tocado vivir sea más habitable...

Pero, para educar, el primer paso que hemos de dar es el de establecer relaciones verdaderas: esas en las que compartimos sin dobleces lo que somos, todo lo humano que hay en nosotros, lo bueno y lo malo, nuestras certezas pero también nuestras dudas, nuestras virtudes pero también nuestras debilidades.
Para poder educar se nos pide perder el miedo a mostrarnos como somos, se nos exige quedarnos sin defensas, con la única arma de la confianza en aquel que educamos; para poder educar nos tenemos que permitir el ser vulnerables: quedarnos a la intemperie, exponernos a recibir heridas, confiar en la bondad del que crece a nuestro lado...

Y es que, si nuestras relaciones son verdaderas, expondremos una parte en la que existen ángeles pero, inevitablemente, también otra en la que existen demonios. Es entonces cuando me reconforta la frase aquella de Rilke:
"Si mis demonios me abandonan, tengo miedo de que mis ángeles marchen detrás"  
Educar significa atreverse a compartir todo lo humano que hay en nosotros; no colocar un listón demasiado alto- porque ni nosotros mismos lo alcanzaríamos-; hacer fácil lo difícil; permitir que el otro, subido al peldaño de nuestra vulnerabilidad se sienta seguro y orgulloso de poder crecer a nuestro lado. Porque al fin y al cabo, intentar educar es permitir, con grandeza de alma, que a nosotros también nos eduque el otro.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 26 de junio de 2011

Los sacramentos de la vida

Empiezo esta página animándote a disfrutar de un pequeño libro de Leonardo Boff que leí hace mucho tiempo y me quedó grabado en el corazón:  "Los sacramentos de la vida". 
Habla del valor que tienen algunos objetos pequeños que, sin darnos cuenta, están ahí, junto a nosotros, haciéndonos compañía. Ellos, un día, sin pedirnos permiso, decidieron quedarse con nosotros para siempre. 

Uno de esos objetos que yo guardo es el exprimidor que usaba mi padre. Es un exprimidor de plástico, manual, nada sofisticado pero, con él, mi padre exprimía sus naranjas todas las mañanas. Le recuerdo, una mañana tras otra, en medio del ajetreo que conlleva el despertar de una familia muy numerosa, buscar las naranjas, cortarlas lentamente, exprimirlas pensativo y beberse con placer ese zumo que le preparaba para afrontar lo que tocara ese día...Era "su momento" y no importaba nada lo que pasara a su alrededor, luego habría tiempo para ocuparse de ello. 


Su exprimidor- mi sacramento


Así nos consiguió contagiar la fidelidad a su zumo y a otras muchas cosas, la búsqueda de una soledad casi imposible, la capacidad de disfrutar de los pequeños regalos de cada día...

Cuando mi padre murió le pedí a mi madre que me diera el exprimidor sin sospechar el valor que dicho objeto iba a tener para mí.  Lo conservo y lo utilizo y, cuando lo hago, me viene a la memoria y al corazón la imagen de mi padre, su bondad, su cariño, su fe...
Ahora, cuando vuelvo a exprimir naranjas con "la herencia" de mi padre, todo él, su sonrisa, sus gestos, su mano firme y tierna sobre mi hombro vuelven a ocupar mi vida y se me concede una fuerza especial, una alegría y una paz que solo puede proceder de la comunión de los santos en la que tanto creo...

Objetos sencillos que han quedado en un cajón o entre papeles, exprimidores, cartas, plumas, pipas, una canción...los sacramentos de la vida... ¡Qué grande su valor! ¡Qué importante su presencia! 

Serrat también lo dice de otra manera: 
"Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas...que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve" 


Te quiero mucho. Hasta el domingo.


Ana



domingo, 19 de junio de 2011

El éxito

El texto que hoy quiero regalarte lo encontré escrito en la consulta de un médico. Intuyo que él es una de esas personas vocacionadas a ayudar a los demás. Se interesa por lo que les pasa a sus pacientes, es amable, les sonríe, pierde el tiempo con ellos, no tiene prisa, les escucha, les mira a los ojos, intenta sacar lo mejor de ellos, estudia...
Y es en su consulta donde encontré la cita que a continuación te escribo: se llama "El éxito" y, a priori, me chocó encontrarla en la casa de un hombre sabio y humilde. - Siempre he pensado que la fanfarronería y la autocomplacencia son incompatibles con la grandeza-. 
Cuando después la leí con atención comprobé que dicha cita se encontraba en el lugar donde debía estar: en el corazón de alguien que ha descubierto el verdadero valor de la vida.




"La definición de éxito: Es reír mucho y a menudo; ganarse el respeto de las personas inteligentes y el cariño de los niños, merecer el aprecio de críticos sinceros y mostrarse tolerante con las traiciones de los falsos amigos; saber apreciar la belleza y encontrar lo mejor en el interior de los otros; dar todo de uno mismo; dejar un mundo un poco mejor, bien sea por medio de un hijo sano, de un rincón de un jardín o de una condición social redimida; haber jugado y reído con entusiasmo, y cantado con alegría; saber que como mínimo alguien ha respirado más fácilmente porque tú has vivido. Eso es tener éxito, eso es haber triunfado"
Ralph Waldo Emerson (Escritor, filósofo y poeta estadounidense)


Gracias amigo Pedro por tu éxito: el de dar tanto valor a tantas cosas de la vida, precisamente las que nos importan a los que vamos a ti pidiéndote ayuda.


Te quiero mucho. Hasta el domingo


Ana

domingo, 12 de junio de 2011

Admiración

Nos sentamos juntos, en casa, a ver un partido de fútbol. El Real Madrid y el Tottenham jugaban para acceder a las semifinales de la Copa de Europa. Las primeras imágenes mostraban lo que ocurría en el túnel de vestuarios: allí estaban los jugadores acompañados por un grupo de niños; todos perfectamente alineados; los niños, listos para saltar al campo junto a sus ídolos.
En la espera, los pequeños miraban fascinados a los grandes mientras sus caras reflejaban todos los sentimientos que nos regala el ser capaces de admirar a alguien: alegría, desbordamiento, complicidad, incredulidad, deseo, esperanza, futuro, virtud... 


Los niños miraban hacia arriba y casi, casi que, ese mirar, les hacía crecer...
Los jugadores parecían no darse cuenta de lo importante que eran para aquellos bajitos que se encontraban a su lado; se hallaban concentrados en su trabajo, en lo que les quedaba por hacer, en la mejor manera de hacerlo para ganar...y esa actitud les hacía aún más altos.

Entonces pensé lo valioso que es, para cualquier ser humano, poseer y cultivar la capacidad de admirar...
Cuando somos niños, cuando somos jóvenes, nuestra admiración es posible que se centre en una persona o en un equipo o en un grupo; cuando crecemos y nos hacemos mayores, la admiración por alguien o por algo concreto queda complementada por la capacidad de descubrir en todo y en todos los que nos rodean eso que es admirable.
Y me preguntarás que por qué esto de admirar es tan vital: creo que es porque nos permite levantar nuestra mirada hacia lo excelso y así, a pesar de que hayamos alcanzado nuestra altura, seguir creciendo. 
Ese levantar la mirada es la invitación más importante que nos pueden hacer: porque nos eleva sobre nuestra rutina cotidiana; porque nos hace descubrir la belleza del mundo que habitamos; porque miramos al cielo en vez de al suelo; porque nos llenamos de luz...

Simone de Beauvior supo decirlo mucho mejor que yo:
"Me parecía que la tierra no hubiera sido habitable si no hubiese tenido a nadie a quien admirar."

Que nunca dejemos de mirar con buenos ojos a los otros; que la capacidad de admirar nos acompañe siempre.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana


domingo, 5 de junio de 2011

Explicando su Cristo

Cristo de San Juan de la Cruz (Dalí)

El cuadro que acompaña la entrada de hoy es el Cristo que Salvador Dalí pintó en 1951 y que hace años tuve la suerte de contemplar en el Museo San Mungo de Glasgow.

Es un Cristo, para mi, bellísimo; en equilibrio perfecto; su cabeza mira hacia abajo, hacia la bahía de Port Lligat en la que dos pescadores trabajan. 
Es un Cristo insólito, distinto a todos a los que estamos acostumbrados.
Cristo no sufriente, sin corona de espinas, sin llagas, sin heridas, con el corazón intacto.
Cristo en la cruz sin estar clavado a ella.
 Cristo representado de forma sencilla y recia.
               Cristo velando desde el cielo por todos los que nos afanamos en la tierra.                            Cristo sincero, compasivo como siempre, pendiente, total.
Cristo transparente, con voluntad inquebrantable, con lucidez serena.
Cristo en el cielo, fuerte, Señor, por encima de todas las cosas. 
Cristo sobrio, amoroso, redentor.

Cristo, quizá para algunos, retratado de una manera imposible pero cuando a Dalí se le preguntó por qué lo había pintado así pronunció una frase que para mí lo explica todo:

"Mi principal preocupación era pintar a un Cristo bello 
como el mismo Dios al que Él encarna"




Te quiero mucho. Hasta el domingo.

Ana

domingo, 29 de mayo de 2011

Así en la tierra como en el cielo

Juicio Universal de la Capilla Sixtina- Miguel Angel

Seguro que alguna vez te has preguntado sobre qué pasará después de que hayamos vivido; a dónde iremos; si se nos tratará a todos de la misma manera; qué ocurrirá con aquellos a los que les ha tocado sufrir en esta vida mientras solo les sostenía la esperanza de la otra; si se hará por fin justicia...

¿Es este el gran interrogante sin respuesta que mantiene en vilo al ser humano?
¿Estamos seguros de que nuestros actos- tanto los hechos desde el egoísmo como los que genera nuestra bondad- no tendrán consecuencias?
Y ese deseo de justicia que parece estar profundamente arraigado en todos nosotros, ¿nos importa por lo que nos toque o pensamos en aquellos que necesitan de verdad que se haga justicia con ellos...?

De vez en cuando barajo estas preguntas en mi cabeza con cierto temor, alguna inquietud pero definitiva esperanza.
Dando vueltas a estos pensamientos, una tarde estudié una catequesis de Benedicto XVI sobre el credo. El credo que profesamos tiene una parte sobre el Juicio Final:

"Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos"

Y fue el escrito del Papa quién me ha ido dando pistas para vivir el "gran interrogante" de manera tranquila, responsablemente despreocupada, confiada...

"Juicio, ¿acaso esta palabra no nos hace tener miedo también? Por otro lado, ¿no deseamos tal vez todos que un día se haga justicia a todos los condenados injustamente, a cuantos han sufrido a lo largo de la vida y después de una vida llena de dolor han sido tragados por la muerte? ¿No queremos acaso que el exceso de injusticia y sufrimiento que vemos en la historia, al final se disuelva; que todos en definitiva puedan estar alegres, que todo adquiera un sentido? Este triunfo de la justicia, esta conjunción de tantos fragmentos de historia que parecen privados de sentido e integrarlos en un todo en el que dominen la verdad y el amor: es esto lo que significa el concepto del Juicio universal. La fe no está para dar miedo; en cambio –con certeza- nos llama a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella; tampoco debemos guardarla para nosotros mismos; frente a la injusticia no debemos permanecer indiferentes, haciéndonos colaboradores silenciosos o incluso cómplices. Debemos percibir nuestra misión en la historia y buscar corresponder. Lo que se necesita no es miedo sino responsabilidad –responsabilidad y preocupación por nuestra salvación, y por la salvación de todo el mundo. Pero cuando la responsabilidad y preocupación tienden a volverse miedo, deberíamos recordar las palabras de San Juan: “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis; Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo” (1 Jn 2:1). “En caso de que nos condene nuestra conciencia –Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (ibid., 3:20)
Homilía durante la Santa Misa 
en la explanada 

del Islinger Feld de Ratisbona 
(12 de septiembre de 2006)


Son palabras de oportuna actualidad. Palabras que no solo me confortan ante ese qué pasará tras haber vivido sino que me invitan a ayudar a transformar un presente tan revuelto como el que atravesamos. De alguna manera, a pesar de estar sufriendo lo que es una sociedad sin valores pero con intereses y experimentar el daño que esto nos está haciendo a todos, estoy convencida de que es posible el cambio. 
Yo quiero contribuir a él humilde y solidariamente; viviendo sin miedo pero con responsabilidad; cuidando de la vida que se nos ha dado calladamente, sin estridencias, con la única desmesura de "amar hasta el extremo"; despreciando la indiferencia e implicándome en el día a día; sabiendo que todos somos imprescindibles para hacer de este mundo un lugar mejor; "buscando primero el Reino de Dios y su justicia con la confianza de que lo demás se nos dará por añadidura"

Que sepamos ser justos, con nosotros mismos, con los demás, con el mundo que habitamos; y que este sentido de justicia nos acompañe primero en la tierra para después poder gozar de él en el cielo.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 22 de mayo de 2011

"Bailando con lobos"

Quiero contarte un cuento que quizás ya conozcas- una cadena de tiendas lo ha impreso en sus bolsas de papel-. El cuento dice así:
“Un anciano cherokee le habla de la vida a su nieto. – Hay una gran batalla dentro de mí– le dice al chico. – Es una lucha terrible. Es una lucha entre dos lobos. Uno es el mal – él es la envidia, la codicia, la arrogancia, el resentimiento, la inferioridad, la mentira, la soberbia. El otro es el bien – continua el anciano – él es la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la serenidad, la humildad, la amabilidad, la empatía, la generosidad, la verdad, la compasión y la fe. Esta misma lucha ocurre dentro de ti. Y dentro de cada uno de nosotros.
El nieto se queda pensando en lo que le había dicho su abuelo y pasado un tiempo le pregunta – ¿qué lobo vencerá, abuelo?

El anciano simplemente responde – el que tú alimentes.”
Hace tiempo que este cuento me ayuda en la vida cotidiana. Me ha enseñado a reconocer mis propios lobos y también los de los demás. 

El lobo malo que vive dentro de mí, muchas veces despierta y quiere, da igual si con razón o sin ella, rebelarse, imponerse, decir que está en lo cierto, mostrar su ira, ganar...pero, sobre todo, recordarme que está ahí, siempre vivo y dispuesto a atacar en cuanto le conceda la mínima oportunidad...
Yo intento calmarle; le ignoro, para ver si se apacigua; me esfuerzo en borrar su memoria; le digo que no me gusta y, corro en ayuda del lobo bueno, para pedirle que  luche y se imponga sobre el lobo malo...La vida con el lobo bueno es, siempre, más bella...
También danzo con los lobos de los otros. Admiro al lobo bueno y disfruto con él; es amable, me hace reír, me alivia los pesos cotidianos, hace que me sienta feliz sencillamente por el hecho de estar viva...
Igualmente sé reconocer al lobo malo: es impredecible, desconfiado, violento; aparece cuando menos lo esperas; su fuerza me arrolla; su agresividad me envuelve en tristeza.... 
En esa distancia corta en la que a veces el lobo malo del otro me amenaza, he aprendido a retirarme en silencio, a no decir nada, a esperar a que se aleje para, de nuevo, volver a disfrutar del buen lobo. 
He aprendido también a no guardar memoria del daño que el lobo malo me ha hecho; perdonar sus acciones es el mejor modo de alimentar al buen lobo...

Yo quiero que en todos nosotros gane el bueno- ¡como en las películas!-, y deseo trabajar para ello. Intuyo que la lucha será hasta el final pero sé que cuento con tu ayuda, con la certeza de que tú también estás luchando, con la convicción de que el esfuerzo no será estéril.

La danza con lobos nos acompaña toda la vida...El intentar reconocer, con humildad, lo que hay en nuestro interior es el primer paso para la victoria.


Te quiero mucho. Hasta el domingo.


Ana

domingo, 15 de mayo de 2011

Cuando la vida nos pone a prueba

Llevo una temporada en la que, súbitamente, mucha gente joven - ¡vaya, de mi edad!- que me rodea y a la que quiero se pone malita y muy malita.
La lista de aquellos por los que pedimos mi hija y yo en nuestra oración de cada noche se ha ido haciendo, casi sin darnos cuenta, cada vez más larga... Inesperadamente, la vida nos pone a prueba...

Y yo me entero así: estás afanada en los quehaceres cotidianos y, de repente, suena un teléfono al que contestas con la alegría de poder hablar con un amigo; sus palabras anunciando las malas noticias te sobrecogen, te desconciertan, te dejan helado; ninguno de los dos sabemos lo que decir, hay silencios, vuelven recuerdos que nos hacen esbozar sonrisas amargas... pero aún así acabamos acordando la estrategia de lucha- de alguna manera, el ser peleones, el luchar por nosotros mismos y por otros, nos ha unido en la amistad y no iba a ser menos ahora-; tras un buen rato cuelgas mientras te quedas colgado de tanto como lo que te une a tu amigo...
Sus noticias han irrumpido en nuestra cotidianidad brutalmente, sin piedad, sin pedir permiso y te estremecen y noquean y tocan algo en tu interior que te impide ser el mismo que habías sido hasta ese momento.

Los amigos de quienes te hablo son jóvenes, luchadores, fuertes, a los que en uno de los momentos más jugosos de su vida va la enfermedad y les pone a prueba. Son personas en la mitad de su proyecto vital; aún les queda un montón de cosas por hacer; y yo, egoístamente, necesito de su presencia en este mundo. Son gente muy válida profesionalmente, generosos, indispensables en sus familias, gente de bien a la que las circunstancias les obligan a hacer el esfuerzo de olvidarse de todo y de todos y de luchar por ellos mismos. Para ellos, súbitamente, todo lo planeado queda suspendido; llegan otras prioridades que, sin solicitarlo, se imponen; lo que hasta ese momento había sido imprescindible pierde toda su importancia; lo insospechado se convierte en protagonista.


Pero son amigos en los que, a pesar de la dificultad con la que han de enfrentarse, la vida puede más. Y lo creo porque en esos momentos en los que los demás nos quedamos paralizados por la noticia, ellos, en silencio, en esa soledad profunda en la que uno se enfrenta a la realidad más cruda de la vida, ponen en marcha resortes que les lanzan a luchar, a buscar soluciones, a aferrarse a la vida.

Y yo, ¿qué hago? Lo primero que les digo es que les quiero- menos mal que se lo he dicho también en otras ocasiones; nunca me ha gustado dejar para los momentos trágicos las declaraciones esenciales y la del amor es la más sublime-; después doy mi tiempo y toda mi energía para ayudarles en su estrategia; casi simultáneamente les acomodo en esa habitación privilegiada del corazón que tiene acceso directo a la memoria, en la que abundan las almohadas de la esperanza y siempre está inundada por la luz de la fe...
Cuando dejo de pensar en ellos- si eso fuera posible- miro a mi alrededor y, con un dolor que me reprende por mirarme a mi misma en momentos así, pienso que qué suerte tengo; que cuantas gracias hemos de dar por el don de levantarnos con energía cada mañana y por constatar que, de momento, la vida respeta nuestra cotidianidad.
Con el paso del tiempo he aprendido una cosa: la vida se empeña en enseñarnos, la mayoría de las veces con golpes brutales, que hay muy pocas cosas esenciales - ya lo hemos comentado más veces: la mayoría de ellas son invisibles a los ojos-; que, como ya nos advirtió Jesús en su parábola, "a cada día le basta su afán"; que lo único que poseemos es el presente y la capacidad de disfrutarlo...Somos alumnos testarudos, sin embargo; muchas veces, afanados en las pequeñeces de cada día nos olvidamos del hermoso regalo que es vivir.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 8 de mayo de 2011

Se buscan




Mi página de hoy te la dedico a ti que eres mi amigo, mi compañero, el otro al que quiero, respeto y admiro. Es una página que complementa a la de la semana pasada; sí, a esa en la que te contaba cómo nos va a las mujeres...
Mi página de hoy va por ti que eres hombre y eres parte importante de mi vida.

En esta página, quisiera expresar mi percepción sobre el "momento histórico" que tu y tantos hombres de mediana edad- espero que los más jóvenes os sintáis ajenos a esto- atravesáis, con la esperanza de que me comentes y me cuentes lo que sientes, porque bien sé que tu también sabes sentir.
Quizá no te reconozcas  en esto que escribo y ¡bendito sea! Las buenas excepciones siempre son signo de esperanza y, de alguna manera, anuncian los cambios. Pero permíteme que hable a la generalidad, por lo menos a esa que se da en mi entorno.

Empezaría afirmando que las cosas han cambiado mucho en pocos años. Yéndome al extremo te cuento que aún recuerdo a mi padre cuando ayudaba "un poco en casa"; por ejemplo, recogía la mesa de todos los días -éramos muchos y había mucho que hacer...dicen que "a la fuerza ahorcan"- excepto cuando alguien de fuera venía a comer: se negaba a hacer en público un trabajo que no era "cosa de hombres"...Sobra el decir que dio la vida por todos nosotros.

Poco a poco, "el cosa de hombres" ha ido desapareciendo...Las mujeres hemos tenido o querido salir a trabajar fuera y os hemos pedido que nos echéis una mano en casa cuando alguno de vosotros, mi marido el primero, no sabía dónde estaba la lavadora.
En nada de tiempo habéis aprendido que cada cosa tiene un sitio donde guardarse, perdido la vergüenza de ir con el carrito de la compra al supermercado, poner un termómetro a ese enano con fiebre que pregunta por mamá, volver a casa y buscarnos inútilmente porque no hemos llegado y, cuando lo hacemos, ¡vete a saber con qué cara entramos!
En el trabajo, la presencia femenina en ocasiones con dotes de mando, cuándo menos os ha sorprendido... No sé si os es fácil aceptar que sea una mujer la que mande...
Creo también que las pre-jubilaciones os han hecho mucho daño. El mercado laboral ha renunciado a talento y experiencia por ahorrarse unos pocos euros que posiblemente no le estén rindiendo.
Más grave aún es el caso de los que estáis perdiendo el trabajo y es la mujer la que lleva el dinero a casa...

Ante este caos quiero hallar soluciones y necesito también de ti, de vosotros para encontrarlas...Por eso os busco.
Quizá el paso previo para encontrar estas soluciones solicite lo que yo llamo "una declaración de amor", aunque no se estile. Aquí va la mía: lo primero que quiero es empatizar con vosotros; deciros que bien sé que la adaptación no es fácil, que quizás las generaciones futuras no sufran el cambio pero que a la mayoría de nosotros, y ahora me incluyo, nos está costando un desconcierto.
Lo segundo es confesaros que nosotras, las mujeres, os queremos, quizá mucho más de lo que la esquizofrenia personal nos permite expresar.
Por último, aseguraros que, aunque nos han hecho creer que somos supermujeres, necesitamos de vuestra complementariedad.

A los dos- a mí como mujer y a ti como hombre- nos toca esperar, pero vamos a hacerlo juntos, no en contra. Y mientras se da ese cambio genético que hará fácil lo que ahora es tan difícil, quiero crecer en la convicción de que la aventura de la vida no sería tan hermosa sin ambas partes.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana