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"Para Dios, nada es imposible" (Lc. 1,37)

domingo, 29 de abril de 2012

Transmitir la espiritualidad en familia

Cuenta el Evangelio de Mateo que:

"Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es? "Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas". "Y vosotros, les preguntó, ¿quién decís que soy yo?" Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo" (Mat. 16:15, 16).


Pues bien, durante unos cuantos domingos quiero compartir contigo la misma pregunta: Y VOSOTROS, en ese ámbito privilegiado de familia que construis cada día, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?
Sagrada familia. Esteban Murillo 
Es decir, ¿cómo transmitimos en nuestra familia que Dios es Señor de nuestras vidas, que contar con Él es imprescindible para ser feliz, que es Él quien da sentido a toda nuestra existencia? 
Desde que soy madre, me preocupa el saber transmitir nuestra espiritualidad en la familia y, más en concreto, a los hijos. 
Muchas veces me hago esta pregunta: ¿cómo en un mundo en el que vive mi hija, tan lleno de cosas, tan rápido, tan global, tan inmediato…cómo la puedo transmitir mi fe en Jesús y el convencimiento de que merece la pena vivir desde Él? ¿Qué hacemos mi marido y yo? ¿Qué hace mi grupo cristiano de referencia? ¿Qué hacemos todos los que creemos que evangelizar merece la pena?

Porque de algo sí que estoy convencida y ahí "te paso la pelota": “Para educar a un solo hombre hace falta una tribu”; es decir, para educar, para evangelizar, todos nos necesitamos a todos y ninguno podemos eludir responsabilidades. Bien es cierto que esta tribu hoy es más pequeña, que la sociedad no nos ayuda, pero...esto nos obliga, sencillamente, a trabajar más.
Te lanzo la pregunta y te dejo pensando... Que quede resonando en ti... Ojalá obtenga tus respuestas, la narración de tu propia experiencia, tan solo para seguir contestándome a mi misma…
Te quiero mucho. Hasta el domingo


Ana


domingo, 22 de abril de 2012

Palabras y gestos "mágicos"


Esta semana he estado enferma y, en una de esas tardes en las que la fiebre noquea y te empuja al sofá, tuve la ocasión de ver algo curioso en televisión. Dos presentadores jóvenes entrevistaban a una psicóloga y le preguntaban sobre la bondad, la gratitud, ser educados, pensar en los otros... Ella les decía que había que respetar e intentar entender al otro; dar las gracias siempre; que el ser buenos redundaba, lo primero, en un beneficio personal; que había que perdonar y seguir adelante... 


La conversación avanzaba y las caras de estos jóvenes expresaban incredulidad, estupefacción...Era como si su interlocutora les estuviese hablando en una lengua ancestral que ellos no comprendían en absoluto y... yo, no pude evitar el esbozar una sonrisa amarga ...

Pero insistían: "¿Si un camarero nos sirve  hay que darle las gracias por cada gesto de servicio?" "¿Qué hacemos con la envidia, la irascibilidad, el devolver la bofetada que nos acaban de dar...?" "¿Se puede ser bueno sin ser tonto?" 

Ella, la psicóloga, aguantaba el envite como podía...


Fue entonces cuando me acordé del texto que encabeza esta entrada y que lleva una semana recorriendo  facebook. Me sentí orgullosa de pertenecer a esa generación que menciona pero también, a la vez, sentí la urgencia de contagiar esos valores a los más jóvenes. No podemos fosilizar aquellas actitudes que nos han hecho y hacen ser más felices. Yo quiero vivir y enseñar a vivir intentando ser buena, pensando en los demás; quiero rescatar del olvido palabras como el sacrificio, la entrega, la renuncia, el permanecer... Todos son valores que a mí me hicieron feliz cuando no teníamos nada y que me gustaría dejar como herencia cuando vuelva a no tener nada.

Además de vivirlos, hoy, más que nunca, urge la necesidad de inculcarlos y compartirlos. Las generaciones que nos siguen son dignas merecedoras de este maravilloso legado y creo que no debemos omitir la responsabilidad de transmitírselo.

Por ello, como la psicóloga valiente, hemos de apostar por dar y enseñar a dar las gracias, por pedir y enseñar a pedir por favor, por saludar y enseñar a saludar, por ser amables y enseñar a serlo, por sonreír y hacerlo con otros,  por ser y enseñar a ser educados...

Recuerdo que, cuando mi hija era pequeña siempre que solicitaba algo yo le pedía que añadiera la "palabra mágica" (por favor, gracias, hola, te quiero...). Porque eso es lo que son: palabras y gestos que encierran la magia de convertirnos a nosotros y al mundo que habitamos a todo lo que es bueno y amable.


San Pedro Poveda supo decirlo de una manera bellísima: 
 "Con dulzura se educa, con dulzura se enseña, con dulzura se inculca la virtud, con dulzura se arranca la enmienda, con dulzura se evitan muchos pecados, con dulzura se gobierna, con dulzura se hace todo lo bueno.  No hay que hacerse ilusiones, la mansedumbre, la afabilidad, la dulzura son las virtudes que conquistan al mundo"

Te quiero mucho. Hasta el domingo


Ana



domingo, 15 de abril de 2012

El alma




Te transcribo, literalmente, un fragmento del libro "El poder de la pausa" que no hace mucho tiempo me regalaron :

"Un viajero norteamericano planeó hacer un largo safari por África. Era un hombre compulsivo, cargado de  mapas, horarios y agendas. Había contratado a hombres de una tribu local para transportar las voluminosas cargas de suministros, equipajes y "bártulos imprescindibles". La primera mañana todos se despertaron muy pronto, avanzaron muy rápido y llegaron muy lejos. La segunda  mañana todos se despertaron muy pronto, avanzaron muy rápido y llegaron muy lejos. La tercera mañana todos se despertaron muy pronto, avanzaron muy rápido y llegaron muy lejos. El hombre estaba contento. La cuarta mañana los miembros de la tribu se negaron a moverse, simplemente se sentaron junto a un árbol. El norteamericano se puso furioso: "esto es una pérdida de tiempo muy valiosa. ¿Puede alguien decirme que pasa aquí?" El traductor dijo: "están esperando a que sus almas alcancen a sus cuerpos" (El poder de la pausa. Terry Hershey)


¡Qué actitud tan sabia la de los indígenas! ¡Qué conciencia de su ser y estar!

Creo que sabes, por experiencia, lo que es el avanzar rápido y llegar muy lejos de aquellos indígenas en los tres primeros días: viajamos en aviones o en trenes de alta velocidad aunque nos incomoda la sensación de no tener apenas tiempo para pensar en aquello que dejamos; para añorarlo; para prepararnos a acoger lo que está por venir...Todo transcurre deprisa... 
Gozamos de unos merecidos días de descanso pero enseguida los olvidamos; no hay tiempo para recordarlos, para revivir su valor...porque, sin querer, nos encontramos absorbidos por ese ritmo frenético de la vida que nos ha tocado vivir... Y así, tantas y tantas cosas como las que nos depara el estar aquí: despedidas, cumpleaños, nocheviejas, ¡qué se yo! Mientras, nos consolamos diciendo: ¡qué rápido pasa la vida!


Creo también que todos nos sentimos, quizá secretamente, deseando como aquellos indígenas estar bajo el árbol en el día cuatro. Porque, ¿quien, al menos de vez en cuando, no echa de menos ese ritmo lento, aquel que a pesar de nuestros intentos de relegarlo la naturaleza ha sabido conservar...? Yo lo añoro y lo necesito porque, sobre todo, me regala el alma. El alma: ese algo indefinido en el que descansa lo mejor de nosotros mismos; la encargada de depositar en el corazón todo aquello que experimentamos; la que nos ayuda a vivir en plenitud; la que nos da alas; la que nos invita a ser independientemente de nuestro hacer; en la que vive la alegría que nadie nos podrá quitar...

¿Nos habremos quedado sin alma? ¿La habremos dejado atrás? 

Quizás haya que volver a sentarse y esperar a que ella nos alcance; o mejor aún, ¿por qué no favorecer que en todo lo que hagamos alma y cuerpo lleguen acompañados?


Te quiero mucho. Hasta el domingo


Ana

domingo, 8 de abril de 2012

Cristo ha resucitado


San Francisco abrazando a Cristo en la Cruz (Murillo)


"Cristo, cristal purísimo que no se rompe nunca. 
Cristo, creo en tu cruz que nutre nuestra arteria.
Bebo debajo de tu trono de espinas, 
duermo en tu ala siempre viva,
y no hay por que pedirte por los hombres
porque todos los hombres están en tu memoria,
en tu luz desbordante con que nos amas sin méritos.
Sé que te desvives hasta morir, de nuevo, en cada instante,
por los que son ingratos con los otros.
Cristo, cristal purísimo que no se rompe nunca.
Cristo, creo en tu cruz que nutre nuestra arteria".
(Gloria Fuertes) 




No, no me he equivocado en el día y en la hora: ¡Cristo ha resucitado, aleluya! 
Y precisamente, en este Domingo de Resurrección, me gustaba regalarte la imagen y la palabra para compartir contigo lo que yo he descubierto en el Misterio de la Cruz.

La obra de Murillo nos muestra a un San Francisco de Asís joven que ha decidido abandonar todo lo que posee para servir mejor a Cristo y al prójimo. Como recompensa a la renuncia de San Francisco a los bienes terrenales, Cristo desclava su brazo derecho para acoger al santo bajo su regazo. Mientras tanto, los ángeles nos regalan el texto escrito en el libro que sujetan: "quien no renuncia a todo lo que posee no puede ser discípulo mío".

Cristo, que no se rompe nunca, elevándonos desde la Cruz; Cristo, Señor, invitándonos a levantar nuestra mirada; Cristo, redentor, atado a tantas y tantas cruces como las que nos tocan vivir a lo largo de nuestra existencia; Cristo consolándonos con su abrazo en el inevitable sufrir; Cristo invitándonos a morar en sus llagas, lugar de sabiduría y fortaleza; Cristo muriendo y resucitando en cada instante para darnos vida.

¡Feliz domingo de Resurrección!


Te quiero mucho. Hasta el domingo.

Ana

domingo, 1 de abril de 2012

Junto a Ella


Se acerca la Semana Santa... Nos preparamos, un año más, para hacer memoria de los acontecimientos más importantes de la vida de Jesús que, tras más de dos mil años, siguen dando sentido a nuestra existencia... 

Y este domingo, no me preguntes por qué, me he encontrado pensando en la Virgen; en aquella mujer sencilla de Nazaret cuya vida estuvo impregnada de misterio que supo acoger con fe y "guardarlo en su corazón".

Nosotros vamos a vivir, junto a Ella, el mayor drama que puede experimentar una madre: ver morir a su hijo sin entender nada, sin poder hacer nada más que permanecer junto a él. 
¡En cuantas cosas pensaría Ella!: « ¿Cuando, donde, como decidirás liberarte de todo esto? ...     ¿Por qué lo condenan injustamente? ¿Por qué lo castigan? ¿Qué ha hecho para que le prefieran a Barrabás? ¿Por qué me lo desnudan?... ¿Quién le ayudará a llevar el madero? ¿Qué ha hecho para que se rían de él?... ¿Quién me lo ba­jará de esa Cruz? ¿Dónde lo co­lo­caré?... ¿Qué me queda ya?»

Contemplo el dolor de la Virgen, en estos días proclives a la introspección, y hago memoria del dolor y la so­ledad de tantos pa­dres y ma­dres que han per­dido a sus hijos por el hambre, por la violencia, por la enfermedad, por tantos motivos inexplicables con los que golpea la vida.
Y, en un sencillo intento de compartir el dolor de la Madre y de todas las madres y padres que hoy sufren por sus hijos, te invito a rezar conmigo la oración que el Papa dirigió a nuestra Señora en el Viacrucis de la Jornada Mundial de la Juventud 2011. 
Quiero rezarla contigo para dar amor y cercanía a los que sufren sin entender nada; rezarla y recoger el dolor de tantos hermanos con la ter­nura y amor con que Ella re­cibió en sus brazos al cuerpo des­tro­zado y sin vida de su Hijo; rezarla para consolar a un mundo que sufre pero que sigue adelante conservando en el corazón la esperanza que se nos ha prometido:

             «Madre y Señora nuestra, que per­ma­ne­ciste firme en la fe, unida a la Pasión de tu Hijo: al con­cluir este Vía Crucis, po­nemos en ti nuestra mi­rada y nuestro co­razón. Aunque no somos dignos, te aco­gemos en nuestra casa, como hizo el apóstol Juan, y te re­ci­bimos como Madre nuestra. Te acom­pa­ñamos en tu so­ledad y te ofre­cemos nuestra com­pañía para se­guir sos­te­niendo el dolor de tantos her­manos nues­tros que com­pletan en su carne lo que falta a la Pasión de Cristo, por su cuerpo, que es la Iglesia. Míralos con amor de madre, en­juga sus lá­grimas, sana sus he­ridas y acre­cienta su es­pe­ranza, para que ex­pe­ri­menten siempre que la Cruz es el ca­mino hacia la gloria, y la Pasión, el pre­ludio de la Resurrección».

No te quiero dejar triste. Solo te quiero dejar junto a Ella que está ahí, igual que desde el principio, diciendo "Hágase"; que, aceptando el encargo de cuidarnos, se ha quedado para siempre con nosotros...Feliz Semana Santa. 

Te quiero mucho. Hasta el domingo.

Ana 











domingo, 25 de marzo de 2012

Desde la confianza


Esta semana te regalo una oración que hace mucho tiempo me acompaña. La rezo cuando la vida no me da más de sí; cuando me siento torpe; cuando la realidad - dura, exigente- supera lo que soy y puedo ofrecer...

La rezo, eso sí, con la confianza de un niño; con la alegría de no sentirme importante; con la virtud, aprendida a fuerza de tantas caídas, de no tomarme nunca en serio. 

Ha sido, por muchas razones, la oración que me ha acompañado esta semana. Ojalá la disfrutes. Ojalá te ayude. Ojalá me acompañes en ella.

Te quiero mucho. Hasta el domingo.



                   Oración del payaso

Señor:
Soy un trasto, pero te quiero,
te quiero terriblemente, locamente, que es
la única manera que tengo yo de amar,
porque, ¡sólo soy un payaso!
Ya hace años que salí de tus manos,
pronto, quizá, llegará el día en que
volveré a Ti...
Mi alforja está vacía, mis flores
mustias y descoloridas
sólo mi corazón está intacto...
Me espanta mi pobreza,
pero me consuela tu ternura.
Estoy ante Ti como un
cantarillo roto, pero con mi
mismo barro puedes hacer
otro a tu gusto...
Señor:
¿Qué te diré cuando me pidas
cuentas? Te diré que mi vida,
humanamente, ha sido
un fallo, que he volado
muy bajo.
Señor:
Acepta la ofrenda de este atardecer...
Mi vida, como una flauta, está llena
de agujeros...
pero tómala en tus manos divinas.
Que tu música pase
a través de mí y llegue
hasta mis hermanos
los hombres, que sea
para ellos ritmo y melodía
que acompañe su caminar,
alegría sencilla
de sus pasos cansados...
                                                                                              Menchu Soler

domingo, 18 de marzo de 2012

Leyenda del conejo de Pascua




Sé que esto que te voy a contar está impregnado de anticipación pero no quería olvidar la frescura con la que me lo contaron.
Nos lo contó nuestra amiga Maruja con la ilusión con la que se cuenta un cuento para alegrar el corazón. Nos lo contó en medio del sacrificio que exige la Cuaresma pero adelantándonos la alegría de la Resurrección. 
Y mientras lo contaba, pensé en lo hermoso que era ser cristianos como Maruja: plenos de un "sentido de anticipación" que nos empuja a vivir; conscientes de que al abrazar la cruz, la de Cristo y la nuestra de cada día, se nos regala la certeza de que no todo acaba con el dolor; habituados a una espera gozosa porque sabemos que un día- solo Dios sabe cómo y cuándo- experimentaremos la alegría de la Resurrección. 

Pero vayamos al cuento. Es la leyenda de conejo de Pascua: 

"Cuenta esta leyenda que, cuando metieron a Jesús al sepulcro que les había dado José de Arimatea, había dentro de la cueva un conejo escondido, que muy asustado veía cómo toda la gente entraba, lloraba y estaba triste porque Jesús había muerto. El conejo se quedó ahí viendo el cuerpo de Jesús cuando pusieron la piedra que cerraba la entrada y lo veía y lo veía preguntándose quién sería ese Señor a quien querían tanto todas las personas. Así pasó mucho rato viéndolo; de repente el conejito vio algo sorprendente: Jesús se levantó y dobló las sábanas con las que lo habían envuelto. Un ángel quitó la piedra que tapaba la entrada y Jesús salió de la cueva ¡más vivo que nunca! El conejo comprendió que Jesús era el Hijo de Dios y decidió que tenía que avisar al mundo y a todas las personas que lloraban, que ya no tenían que estar tristes porque Jesús había resucitado. Como los conejos no pueden hablar, se les ocurrió que si les llevaba un huevo pintado, ellos entenderían el mensaje de vida y alegría y así lo hizo. Desde entonces, cuenta la leyenda que, el conejo sale cada Domingo de Pascua a dejar huevos de colores en todas las casas para recordar al mundo que Jesús resucitó y hay que vivir alegres" 

Así que, cuando veamos estos conejillos que nos inundan en el tiempo de Pascua, acordémonos de esas actitudes a la que nos invita la leyenda: la sencillez para contemplar a Jesús muerto, la profundidad para preguntarnos por qué, la necesidad de esperar junto a Él a que ocurra el milagro y la urgencia de salir corriendo a transmitir la alegría que da saber que está vivo entre nosotros; que nos atrevamos a contárselo a la gente para ayudarles a dejar de llorar; que la esperanza de la Resurrección tiña nuestras vidas, tantas veces grises, de esos colores que nos invitan, por encima de todo, a estar alegres.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 11 de marzo de 2012

La música de nuestros hijos



Una vez, intentando aprender sobre acompañar a nuestros hijos en su proceso de crecimiento, el conferenciante nos preguntaba: ¿Tarareáis alguna de las canciones que disfrutan vuestros hijos? ¿En qué música "os habéis quedado"? 
Y su pregunta se quedó dando vueltas en mi cabeza de madre... 
He de confesarte que me horrorizó pensar el apuntarme a la música rap, dance,  tecno o hip hop mientras yo me siento tan a gusto refugiada en mis boleros, mi Sabina o mi Serrat ... Pero bueno, la pregunta ahí quedó, atenuada por mi pereza pero inquietando desde su verdad. 

Como las cosas nunca ocurren por casualidad, anoche me llamó María, mi hija: "mamá mira qué canción tan bonita ..." Entonces fui junto a ella... Entré en ese caos de habitación de adolescente; como pude y sin protestar, despejé la cama de tantos obstáculos para ella imprescindibles y me tumbé a su lado para compartir sus cascos, su música y su sentir... No me preguntes qué tipo de música escuché; ciertamente desconocida para un "dinosaurio" como yo... Pero fue en esa rendición cuando ocurrió el milagro: me sentí bien. Alguien más joven deseaba compartir conmigo aquello importante para ella; yo, ya mayor, rompía mis miedos y barreras para apuntarme, simplemente, al compartir... Y no sé si me quedé mucho con la música que oía porque, por milagro del amor, me encontré de vuelta a aquellos viejos tiempos en que yo era joven y me tumbaba sobre la hierba y la música me invitaba a soñar...Anoche, de nuevo, soñé con esa frescura y despreocupación con la que se sueña cuando uno tiene pocos años...

Creo que mi hija lo pasó bien. Seguro que no pensó "que madre tan moderna tengo" pero sí que se sintió transportada por esa mano que la ha sostenido desde siempre a  esa nube de sueños que es solo de ella.


Te quiero mucho. Hasta el domingo


Ana


domingo, 4 de marzo de 2012

No, si, no...



No sé qué facilidad tienes para decir, tranquilamente, "no"... A mi es una de las palabras que más me cuesta pronunciar y la tengo ahí, olvidada, en un lugar inadvertido del diccionario de mi vida. 
Te lo confieso: yo no acabo de aprender a decir que no puedo a muchas de las cosas que surgen en el cada día...Y no porque me crea imprescindible, sino porque sé que hay muchas cosas que hacer y que cada uno de nosotros hemos de echar una mano con aquello que podamos aportar. Y, por cierto, todos tenemos mucho que dar...
Pero sí, estoy de acuerdo con esos amigos que, a pesar del paso de los años, me siguen riñendo por no saber decir que "no"; para suavizar su reprimenda, me explican que es una de las palabras más difíciles de aprender- ¡como si uno fuera tonto!- pero que sientes una profunda liberación una vez que la incorporas con sensatez y verdad a tu léxico.

Lo más curioso es que, leyendo un libro, el otro día aprendí que Jesús, que pasó por la vida haciendo el bien, también supo decir que "no". No lo dijo literalmente pero sí lo expresó con aquel "subirse a la montaña" o "retirarse de madrugada" o "salir a un lugar solitario"...
Esta actitud de retirarse fue una constante de su vida activa y no la dejó para momentos cumbres sino que supo incorporarla a su cotidianidad.

La actitud de Jesús me invita a pensar en que quizá el "no" sea necesario para poder decir luego "sí"; quizá, el darnos de vez en cuando un respiro evite que la calidad de lo que hacemos sea vencida por la cantidad que nos gustaría hacer. Quizá, como Jesús, haya que buscar los espacios para recomponerse: un rato de oración, un paseo en solitario, un café con ese amigo... ¡qué sé yo!

Sabernos retirar, "apearnos de este mundo" tan solo por breves instantes para volver a coger el tren de la vida con esa alegría que la empuja e invita a vivir.

Quisiera aprender ese difícil equilibrio que existe entre el "no" y el "sí"; quisiera que mi corazón, que siempre se adelanta a decir que "sí", permita, aunque solo sea de vez en cuando, dejar que la cabeza diga "no". 
Pero una cosa importante: para que mi cabeza se atreva a decir que "no" tu, si puedes, me tienes que dar tu "sí"; y para que tú puedas decir que "no", yo te prometo mi "sí"...

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana




domingo, 26 de febrero de 2012

Para los otros, en ellos y con ellos




Este domingo es especial. Es el primer domingo de Cuaresma. Y, aunque la entrada de hoy sea un poco larga, me encanta invitarte a leer algunos párrafos extraídos de una carta bellísima escrita por el Papa para animarnos a vivir este periodo que nos conduce a la Pascua. Su mensaje se apoya en un versículo de la carta a los Hebreos y dice así:



«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras»
 (Hb 10, 24)

Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.


1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad… Invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. 



2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida.
En la comunidad cristiana no debe ser así. Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social



3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31).
Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10).
Vaticano, 3 de noviembre de 2011       BENEDICTUS PP. XVI


Así nos invita el Papa a vivir estos cuarenta días- que ojalá fueran la vida entera-: juntos, pendientes unos de los otros, recorriendo de la mano el camino hacia la santidad.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

P.D: Te pongo el link donde puedes encontrar el texto completo:




domingo, 19 de febrero de 2012

La mesita de noche



Lo expresaba mi amiga Lola con una belleza extraordinaria: "El libro se ha quedado a vivir en mi mesilla de noche"
Y su expresión anduvo dando vueltas en mi cabeza para terminar haciéndome descubrir lo importante que es la mesita de noche.

Quizá me preguntes por qué...Para mí, es ese rincón de la casa que acoge algunos restos del día que acabo de vivir para ofrecerme lo que, pacientemente, me lleva esperando todo el día también ...Quizás pose sobre ella una carta o el reloj o alguna nota que me recuerde al día siguiente algo que hay que hacer; sobre la mesita suelto lo que me ha ayudado a bregar, un día más, para agarrarme a  todo eso que me hace sentir segura y bien: la novela que me sumerge en una historia paralela a mi vida; algún libro que me regala pensamientos para dormir en paz; la Biblia...También está la luz que, además de acompañarme en la lectura, me alumbra el camino cuando por la noche, por cualquier razón, he de levantarme. Hay alguna foto que me lleva a pensar en aquellos que quiero. A veces, un rosario; el agua que calma la sed; quizá alguna medicina a la que confío el cuidado de algún que otro achaque...
En definitiva, en esa mesita viven todas aquellas cosas que necesitamos para despedirnos del día con sosiego y que hacen posible que ocurra el milagro del descanso, del poner a dormir las preocupaciones sabiendo que Otro se va a encargar de ellas. 

La mesita de noche, ese rincón de la casa que nos rescata del hacer para, de alguna manera, ser. La mesilla de noche, tan próxima, tan accesible, en la que guardamos amor para volver a dar amor. Porque al día siguiente, tras un sueño reparador, nos incorporamos apoyándonos sin querer en ella, que ha permanecido allí, velando nuestro sueño y se nos da una energía liberadora que nos empuja, un día más, a volver a vivir.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 12 de febrero de 2012

Las estrellas

"Simba, te voy a contar algo que me dijo mi padre: Mira a las estrellas...Los grandes reyes del pasado nos observan desde las estrellas... ¿De veras? Sí... Así que cuando te sientas solo, recuerda que esos Reyes siempre estarán ahí para guiarte y yo también..."  (El Rey León)

Es la voz de la naturaleza; es el diálogo contemplativo entre padre e hijo que volví a recordar con el musical "El Rey León".

Nos habla de la importancia de las estrellas, de la necesidad de mirarlas para elevar nuestra vista por encima de lo cotidiano y recibir la luz, la confianza, la paz.

Ellas forman parte de nuestra historia colectiva e individual, desde el principio del mundo nos acompañan: el Salmo 136, nos cuenta como Dios hizo “la luna y las estrellas para que presidan la noche”; más adelante, Dios le dirá a Abraham: ‘Mira arriba, a los cielos, y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas. Así llegará a ser tu descendencia’ (Génesis 15:5.) Y después, hubo una estrella, la de Belén, que guió a los Reyes ante el portal de un Niño que cambió la humanidad. Y esos Reyes que le honraron, mi  hija me enseñó que también hoy residen en una estrella...


En mi historia personal también han estado presentes. Recuerdo que siendo pequeña me enviaron a Inglaterra junto a mi hermana para aprender inglés. A la dos nos costaba estar fuera de casa pero especialmente mi hermana no lo podía soportar. Vivíamos cada una en una casa pero por las noches nos juntábamos y salíamos a dar un paseo; subiendo una colina, buscábamos esa soledad que nos permitiera desahogarnos en nuestra lengua. Mi hermana lloraba casi siempre porque deseaba volver a casa. Una de esas noches, prácticamente ya sin argumentos para consolarla, le dije: "mira al cielo- ¿ves la cantidad de estrellas que hay? Pues este mismo cielo que hoy nos cubre lo están viendo todos a los que tanto echamos de menos". Y me confortó pensar que lo que le decía era cierto; que a pesar de la distancia, mis padres podían ver en esos momentos lo mismo que nosotras estábamos contemplando. De alguna manera, me sentí protegida, habitando bajo la misma tienda, con la certeza de que ellos estaban ahí.

Cuando era joven, el mismo cielo nos cubría a todos; ahora, con el paso de los años, alguno de los que quiero están en el cielo, no han renunciado a ser parte de ese cosmos que nos hace estar en comunión permanente. Y quizás residan en una estrella, velando siempre por nosotros, recordándonos quienes somos. Éste pensamiento, a pesar de que uno ha crecido, sigue siendo inmensamente consolador.

La vida pasa pero las estrellas siguen ahí, testigos excepcionales de la historia de la humanidad y de nuestra propia historia. Y nos piden que elevemos nuestra mirada para recordar de dónde venimos, apreciar lo que tenemos y saber a dónde vamos.

Tagore expresó con inmensa belleza la importancia de las estrellas: 

Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas


Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana 






domingo, 5 de febrero de 2012

La misa sobre el mundo





Esta semana, pensando en la entrada a compartir contigo, me venía a la mente y al corazón un texto de Theilard de Chardin- "La misa sobre el mundo"- que forma parte de mi devocionario de años. 
Perdona que sea largo pero te invito a leer, el que para mi es uno de los textos mas bellos del mundo. 
Fue escrito por un sacerdote ante la imposibilidad de celebrar misa en pleno desierto de Ordos. 
Es una hermosa meditación que expresa la fortuna de poder recoger, en el corazón y el deseo, la tierra entera y ofrecerla, ponerla en las manos de Alguien que indudablemente cuida de ella...

"Ya que, una vez más, Señor, como en los bosques del Aisne, también en las estepas de Asia, no tengo ni pan, ni vino, ni altar, me elevaré por encima de los símbolos hasta la pura majestad de lo Real, y te ofreceré, yo, que soy tu sacerdote, sobre el altar de la tierra entera, el trabajo y la pena del mundo...       
El sol acaba de iluminar, allá lejos, la franja extrema del Lejano Oriente. Una vez más, la superficie viviente de la tierra se despierta, se estremece y vuelve a iniciar su tremenda labor bajo la capa móvil de sus fuegos. Yo  colocaré en mi patena,  Dios mío, la esperada cosecha de este nuevo esfuerzo. Derramaré en mi cáliz la savia de todos los frutos que hoy serán molidos.  
Señor, voy viendo y los voy amando, uno a uno, a aquellos a quienes tú me has dado como sostén y como encanto natural de mi existencia. También uno a uno voy contando los miembros de esa otra tan querida familia que han ido juntando poco a poco en torno a mí, a partir de los elementos más diversos, las afinidades del corazón, de la investigación científica y del pensamiento. Más confusamente, pero a todos sin excepción, evoco a aquellos cuya multitud anónima constituye la masa innumerable de los vivientes; a aquellos que me rodean y me sostienen sin que yo los conozca; a los que vienen y a los que van; a aquellos, sobre todo, que, en la verdad o a través del error, en su despacho, en su laboratorio o en su fábrica creen en el progreso de las cosas y hoy van a seguir apasionadamente la luz...
Todo lo que va a aumentar en el Mundo, en el transcurso de este día, todo lo que va a disminuir - todo lo que va a morir, también -, he aquí, Señor, lo que trato de concentrar en mí para ofrecértelo; he aquí la materia de mi sacrificio, el único sacrificio que a ti te gusta... La ofrenda que realmente estás esperando, aquella de que tienes misteriosamente necesidad todos los días para saciar tu hambre, para calmar tu sed, es nada menos que el acrecentamiento del Mundo arrastrado por el universal devenir...                                                                           
Porque a falta del celo espiritual y de la sublime pureza de tus santos, tu me has dado, Dios mío, una simpatía irresistible por todo lo que se mueve en la materia oscura - porque, irresistiblemente, reconozco en mí más que a un hijo del Cielo a un hijo de la Tierra -, subiré esta mañana, con mi pensamiento, a los lugares altos, cargado con las esperanzas y las miserias de mi madre, y allí - fuerte, con un sacerdocio que sólo tú has podido darme, estoy seguro - invocaré al fuego sobre todo lo que, en la carne humana, está pronto para nacer o para perecer bajo el sol caliente"


Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana



domingo, 29 de enero de 2012

Una mesa especial




Lo cuenta mi madre con pedagogía y orgullo; y yo, que me voy aproximando a la "edad" de mi madre, quiero dejarlo escrito: para que no se nos olvide a ninguno; para que, sobre todo las generaciones futuras, sepan que donde un día estén lo deben en parte a de dónde proceden. 
Lo escribo también para compartirlo contigo, para contarnos esas viejas historias que tanto han marcado nuestras vidas y que nunca debiéramos olvidar...


El padre de mi madre, mi abuelo y también mi padrino, era un asturiano bueno que nació y creció en una familia de dieciséis hermanos. Tuvo un padre, mi bisabuelo, que por problemas del alcohol - en aquellos tiempos duros quizá se bebiera para olvidar- tuvo que abandonar la casa.
Eran pobres, pobres solemnes...Mi abuelo andaba descalzo todos los días de la semana excepto el domingo -nuestros antepasados siempre respetaron el domingo-; ese día, para ir a misa, calzaba unas alpargatas que volvía a guardar cuando terminaba el día del Señor. ¡Cuánta elegancia y sacrificio para acercarse al templo cada semana; para encontrar en él, quizá, la compasión y consuelo que no encontraban fuera…!


Mi abuelo y sus hermanos picaban piedra en los caminos de Asturias y, en sus ratos de descanso, cogían los libros que les ilustraban y que un día les permitieron abandonar el pico y la pala. Los hombres de la familia, acabaron siendo todos, hijos de la mar...
Supieron ser solidarios: uno solo se casaba e independizaba cuando dejaba al siguiente con los estudios hechos y un trabajo que siguiera manteniendo a los demás...
Las mujeres- sus hermanas- se quedaron en casa, aprendiendo todas esas labores que luego las dieron un oficio y también las permitieron sacar su hogar adelante. Se quedaron junto a mi bisabuela, una mujer santa que con el dolor de sentirse viuda sin serlo, supo sostener a tanta gente que después aportó bondad y buen hacer al mundo que les tocó vivir. 

Ellos, con lo poco que tenían, se sentaban todos los días a comer. Se molestaban en poner la mesa, en reunirse alrededor de ella y supongo que en bendecirla por si se pudiera dar el milagro de multiplicar el poco pan que tenían. Pero esa mesa tenía algo especial: mi bisabuela siempre colocaba en ella un plato de más por si llamaba a la puerta un mendigo con hambre. ¡Bendita aquella mesa que acogía a un pobre en un pobre hogar! Con los años, estoy convencida, el Señor Jesús se sentó muchas veces con ellos.


Ha pasado el tiempo y aquellos comensales no están...Se han ido marchando de este mundo, ojalá que a otro en el que no pasen nunca hambre...Pero han dejado su huella. Todos ellos, con el tiempo y con esfuerzo se convirtieron en personas amantes de sus familias, en profesionales reconocidos, en gente de bien... Y precisamente esto fue lo que nos dejaron: la invitación a "pasar por la vida haciendo el bien"; a no quejarnos nunca; a tener, siempre y sin excusa, nuestra mesa puesta y convertida en altar de la esperanza.


Te quiero mucho. Hasta el domingo.


Ana




domingo, 22 de enero de 2012

Habtsh




Permíteme que hoy te cuente una pequeña anécdota de mi sobrina. Se llama Habtsh y tendría cuatro o cinco años cuando llegó de Etiopía- en aquellos lugares la edad nunca es exacta; y digo yo que si será porque allí la vida no vale nada...-
Vino a España "con lo puesto"; con tristeza infinita en sus ojos y con la sabiduría que se adquiere al sufrir cuando a uno le dejan en un orfanato porque tu madre no puede dar de comer a tantos hijos...

Llegó de la mano de su otra madre-mi hermana-, una mujer cuya generosidad la llevó un día a Etiopía para dar vida y luz a una niña.               
Y llegó a un mundo en el que nos sobran, a veces y a algunos, demasiadas cosas. Recuerdo que ella, al principio, partía las servilletas de papel- esas que están en restaurantes y cafeterías- en dos mitades y la mitad que no usaba la ponía en su bolsillo. Supongo que, "por si acaso", guardaba lo poco que la vida le empezaba a regalar...

Hoy Habtsh tiene, más o menos, ocho años y, sin haber olvidado de donde viene, sabe a dónde va y se sabe acompañada y querida: por su abuela, por su madrina -mi hija- por todos sus tíos y primos, por un primer mundo que está aprendiendo a  acoger a los que son diferentes y sobre todo por mi hermana, su madre.

Pero vamos a la anécdota: un día, Habtsh llegó del colegio entusiasmada por tantas cosas como estaba aprendiendo y le empezó a contar a mi hermana, su "mami": "Mami, ¿sabes que la profe me está enseñando a sumar? ¿Y sabes que de mi amiga estoy aprendiendo los colores? ¿Y que la señora del comedor me ha enseñado a utilizar los cubiertos...? ¿Y que...?"

Mi hermana la escuchaba embelesada y, con sentido del humor, le dijo: "¡Vaya de cosas que estás aprendiendo de los demás! ¡Qué suerte! Aunque parece que de mí no aprendes nada..." Y, entonces, Habtsh se quedó mirando a su madre y, con esa profundidad que nos da el agradecimiento, le contestó: "Mami...tú me has enseñado a sonreír"

Pues es así, como lo cuenta esta gran pequeña: las cosas más importantes de la vida quizá las transmitamos mejor con el corazón que con la razón...
¡Qué importante cuidar el alma para poder siempre dar a luz felicidad!


Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana