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"Para Dios, nada es imposible" (Lc. 1,37)

domingo, 29 de mayo de 2011

Así en la tierra como en el cielo

Juicio Universal de la Capilla Sixtina- Miguel Angel

Seguro que alguna vez te has preguntado sobre qué pasará después de que hayamos vivido; a dónde iremos; si se nos tratará a todos de la misma manera; qué ocurrirá con aquellos a los que les ha tocado sufrir en esta vida mientras solo les sostenía la esperanza de la otra; si se hará por fin justicia...

¿Es este el gran interrogante sin respuesta que mantiene en vilo al ser humano?
¿Estamos seguros de que nuestros actos- tanto los hechos desde el egoísmo como los que genera nuestra bondad- no tendrán consecuencias?
Y ese deseo de justicia que parece estar profundamente arraigado en todos nosotros, ¿nos importa por lo que nos toque o pensamos en aquellos que necesitan de verdad que se haga justicia con ellos...?

De vez en cuando barajo estas preguntas en mi cabeza con cierto temor, alguna inquietud pero definitiva esperanza.
Dando vueltas a estos pensamientos, una tarde estudié una catequesis de Benedicto XVI sobre el credo. El credo que profesamos tiene una parte sobre el Juicio Final:

"Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos"

Y fue el escrito del Papa quién me ha ido dando pistas para vivir el "gran interrogante" de manera tranquila, responsablemente despreocupada, confiada...

"Juicio, ¿acaso esta palabra no nos hace tener miedo también? Por otro lado, ¿no deseamos tal vez todos que un día se haga justicia a todos los condenados injustamente, a cuantos han sufrido a lo largo de la vida y después de una vida llena de dolor han sido tragados por la muerte? ¿No queremos acaso que el exceso de injusticia y sufrimiento que vemos en la historia, al final se disuelva; que todos en definitiva puedan estar alegres, que todo adquiera un sentido? Este triunfo de la justicia, esta conjunción de tantos fragmentos de historia que parecen privados de sentido e integrarlos en un todo en el que dominen la verdad y el amor: es esto lo que significa el concepto del Juicio universal. La fe no está para dar miedo; en cambio –con certeza- nos llama a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella; tampoco debemos guardarla para nosotros mismos; frente a la injusticia no debemos permanecer indiferentes, haciéndonos colaboradores silenciosos o incluso cómplices. Debemos percibir nuestra misión en la historia y buscar corresponder. Lo que se necesita no es miedo sino responsabilidad –responsabilidad y preocupación por nuestra salvación, y por la salvación de todo el mundo. Pero cuando la responsabilidad y preocupación tienden a volverse miedo, deberíamos recordar las palabras de San Juan: “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis; Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo” (1 Jn 2:1). “En caso de que nos condene nuestra conciencia –Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (ibid., 3:20)
Homilía durante la Santa Misa 
en la explanada 

del Islinger Feld de Ratisbona 
(12 de septiembre de 2006)


Son palabras de oportuna actualidad. Palabras que no solo me confortan ante ese qué pasará tras haber vivido sino que me invitan a ayudar a transformar un presente tan revuelto como el que atravesamos. De alguna manera, a pesar de estar sufriendo lo que es una sociedad sin valores pero con intereses y experimentar el daño que esto nos está haciendo a todos, estoy convencida de que es posible el cambio. 
Yo quiero contribuir a él humilde y solidariamente; viviendo sin miedo pero con responsabilidad; cuidando de la vida que se nos ha dado calladamente, sin estridencias, con la única desmesura de "amar hasta el extremo"; despreciando la indiferencia e implicándome en el día a día; sabiendo que todos somos imprescindibles para hacer de este mundo un lugar mejor; "buscando primero el Reino de Dios y su justicia con la confianza de que lo demás se nos dará por añadidura"

Que sepamos ser justos, con nosotros mismos, con los demás, con el mundo que habitamos; y que este sentido de justicia nos acompañe primero en la tierra para después poder gozar de él en el cielo.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 22 de mayo de 2011

"Bailando con lobos"

Quiero contarte un cuento que quizás ya conozcas- una cadena de tiendas lo ha impreso en sus bolsas de papel-. El cuento dice así:
“Un anciano cherokee le habla de la vida a su nieto. – Hay una gran batalla dentro de mí– le dice al chico. – Es una lucha terrible. Es una lucha entre dos lobos. Uno es el mal – él es la envidia, la codicia, la arrogancia, el resentimiento, la inferioridad, la mentira, la soberbia. El otro es el bien – continua el anciano – él es la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la serenidad, la humildad, la amabilidad, la empatía, la generosidad, la verdad, la compasión y la fe. Esta misma lucha ocurre dentro de ti. Y dentro de cada uno de nosotros.
El nieto se queda pensando en lo que le había dicho su abuelo y pasado un tiempo le pregunta – ¿qué lobo vencerá, abuelo?

El anciano simplemente responde – el que tú alimentes.”
Hace tiempo que este cuento me ayuda en la vida cotidiana. Me ha enseñado a reconocer mis propios lobos y también los de los demás. 

El lobo malo que vive dentro de mí, muchas veces despierta y quiere, da igual si con razón o sin ella, rebelarse, imponerse, decir que está en lo cierto, mostrar su ira, ganar...pero, sobre todo, recordarme que está ahí, siempre vivo y dispuesto a atacar en cuanto le conceda la mínima oportunidad...
Yo intento calmarle; le ignoro, para ver si se apacigua; me esfuerzo en borrar su memoria; le digo que no me gusta y, corro en ayuda del lobo bueno, para pedirle que  luche y se imponga sobre el lobo malo...La vida con el lobo bueno es, siempre, más bella...
También danzo con los lobos de los otros. Admiro al lobo bueno y disfruto con él; es amable, me hace reír, me alivia los pesos cotidianos, hace que me sienta feliz sencillamente por el hecho de estar viva...
Igualmente sé reconocer al lobo malo: es impredecible, desconfiado, violento; aparece cuando menos lo esperas; su fuerza me arrolla; su agresividad me envuelve en tristeza.... 
En esa distancia corta en la que a veces el lobo malo del otro me amenaza, he aprendido a retirarme en silencio, a no decir nada, a esperar a que se aleje para, de nuevo, volver a disfrutar del buen lobo. 
He aprendido también a no guardar memoria del daño que el lobo malo me ha hecho; perdonar sus acciones es el mejor modo de alimentar al buen lobo...

Yo quiero que en todos nosotros gane el bueno- ¡como en las películas!-, y deseo trabajar para ello. Intuyo que la lucha será hasta el final pero sé que cuento con tu ayuda, con la certeza de que tú también estás luchando, con la convicción de que el esfuerzo no será estéril.

La danza con lobos nos acompaña toda la vida...El intentar reconocer, con humildad, lo que hay en nuestro interior es el primer paso para la victoria.


Te quiero mucho. Hasta el domingo.


Ana

domingo, 15 de mayo de 2011

Cuando la vida nos pone a prueba

Llevo una temporada en la que, súbitamente, mucha gente joven - ¡vaya, de mi edad!- que me rodea y a la que quiero se pone malita y muy malita.
La lista de aquellos por los que pedimos mi hija y yo en nuestra oración de cada noche se ha ido haciendo, casi sin darnos cuenta, cada vez más larga... Inesperadamente, la vida nos pone a prueba...

Y yo me entero así: estás afanada en los quehaceres cotidianos y, de repente, suena un teléfono al que contestas con la alegría de poder hablar con un amigo; sus palabras anunciando las malas noticias te sobrecogen, te desconciertan, te dejan helado; ninguno de los dos sabemos lo que decir, hay silencios, vuelven recuerdos que nos hacen esbozar sonrisas amargas... pero aún así acabamos acordando la estrategia de lucha- de alguna manera, el ser peleones, el luchar por nosotros mismos y por otros, nos ha unido en la amistad y no iba a ser menos ahora-; tras un buen rato cuelgas mientras te quedas colgado de tanto como lo que te une a tu amigo...
Sus noticias han irrumpido en nuestra cotidianidad brutalmente, sin piedad, sin pedir permiso y te estremecen y noquean y tocan algo en tu interior que te impide ser el mismo que habías sido hasta ese momento.

Los amigos de quienes te hablo son jóvenes, luchadores, fuertes, a los que en uno de los momentos más jugosos de su vida va la enfermedad y les pone a prueba. Son personas en la mitad de su proyecto vital; aún les queda un montón de cosas por hacer; y yo, egoístamente, necesito de su presencia en este mundo. Son gente muy válida profesionalmente, generosos, indispensables en sus familias, gente de bien a la que las circunstancias les obligan a hacer el esfuerzo de olvidarse de todo y de todos y de luchar por ellos mismos. Para ellos, súbitamente, todo lo planeado queda suspendido; llegan otras prioridades que, sin solicitarlo, se imponen; lo que hasta ese momento había sido imprescindible pierde toda su importancia; lo insospechado se convierte en protagonista.


Pero son amigos en los que, a pesar de la dificultad con la que han de enfrentarse, la vida puede más. Y lo creo porque en esos momentos en los que los demás nos quedamos paralizados por la noticia, ellos, en silencio, en esa soledad profunda en la que uno se enfrenta a la realidad más cruda de la vida, ponen en marcha resortes que les lanzan a luchar, a buscar soluciones, a aferrarse a la vida.

Y yo, ¿qué hago? Lo primero que les digo es que les quiero- menos mal que se lo he dicho también en otras ocasiones; nunca me ha gustado dejar para los momentos trágicos las declaraciones esenciales y la del amor es la más sublime-; después doy mi tiempo y toda mi energía para ayudarles en su estrategia; casi simultáneamente les acomodo en esa habitación privilegiada del corazón que tiene acceso directo a la memoria, en la que abundan las almohadas de la esperanza y siempre está inundada por la luz de la fe...
Cuando dejo de pensar en ellos- si eso fuera posible- miro a mi alrededor y, con un dolor que me reprende por mirarme a mi misma en momentos así, pienso que qué suerte tengo; que cuantas gracias hemos de dar por el don de levantarnos con energía cada mañana y por constatar que, de momento, la vida respeta nuestra cotidianidad.
Con el paso del tiempo he aprendido una cosa: la vida se empeña en enseñarnos, la mayoría de las veces con golpes brutales, que hay muy pocas cosas esenciales - ya lo hemos comentado más veces: la mayoría de ellas son invisibles a los ojos-; que, como ya nos advirtió Jesús en su parábola, "a cada día le basta su afán"; que lo único que poseemos es el presente y la capacidad de disfrutarlo...Somos alumnos testarudos, sin embargo; muchas veces, afanados en las pequeñeces de cada día nos olvidamos del hermoso regalo que es vivir.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 8 de mayo de 2011

Se buscan




Mi página de hoy te la dedico a ti que eres mi amigo, mi compañero, el otro al que quiero, respeto y admiro. Es una página que complementa a la de la semana pasada; sí, a esa en la que te contaba cómo nos va a las mujeres...
Mi página de hoy va por ti que eres hombre y eres parte importante de mi vida.

En esta página, quisiera expresar mi percepción sobre el "momento histórico" que tu y tantos hombres de mediana edad- espero que los más jóvenes os sintáis ajenos a esto- atravesáis, con la esperanza de que me comentes y me cuentes lo que sientes, porque bien sé que tu también sabes sentir.
Quizá no te reconozcas  en esto que escribo y ¡bendito sea! Las buenas excepciones siempre son signo de esperanza y, de alguna manera, anuncian los cambios. Pero permíteme que hable a la generalidad, por lo menos a esa que se da en mi entorno.

Empezaría afirmando que las cosas han cambiado mucho en pocos años. Yéndome al extremo te cuento que aún recuerdo a mi padre cuando ayudaba "un poco en casa"; por ejemplo, recogía la mesa de todos los días -éramos muchos y había mucho que hacer...dicen que "a la fuerza ahorcan"- excepto cuando alguien de fuera venía a comer: se negaba a hacer en público un trabajo que no era "cosa de hombres"...Sobra el decir que dio la vida por todos nosotros.

Poco a poco, "el cosa de hombres" ha ido desapareciendo...Las mujeres hemos tenido o querido salir a trabajar fuera y os hemos pedido que nos echéis una mano en casa cuando alguno de vosotros, mi marido el primero, no sabía dónde estaba la lavadora.
En nada de tiempo habéis aprendido que cada cosa tiene un sitio donde guardarse, perdido la vergüenza de ir con el carrito de la compra al supermercado, poner un termómetro a ese enano con fiebre que pregunta por mamá, volver a casa y buscarnos inútilmente porque no hemos llegado y, cuando lo hacemos, ¡vete a saber con qué cara entramos!
En el trabajo, la presencia femenina en ocasiones con dotes de mando, cuándo menos os ha sorprendido... No sé si os es fácil aceptar que sea una mujer la que mande...
Creo también que las pre-jubilaciones os han hecho mucho daño. El mercado laboral ha renunciado a talento y experiencia por ahorrarse unos pocos euros que posiblemente no le estén rindiendo.
Más grave aún es el caso de los que estáis perdiendo el trabajo y es la mujer la que lleva el dinero a casa...

Ante este caos quiero hallar soluciones y necesito también de ti, de vosotros para encontrarlas...Por eso os busco.
Quizá el paso previo para encontrar estas soluciones solicite lo que yo llamo "una declaración de amor", aunque no se estile. Aquí va la mía: lo primero que quiero es empatizar con vosotros; deciros que bien sé que la adaptación no es fácil, que quizás las generaciones futuras no sufran el cambio pero que a la mayoría de nosotros, y ahora me incluyo, nos está costando un desconcierto.
Lo segundo es confesaros que nosotras, las mujeres, os queremos, quizá mucho más de lo que la esquizofrenia personal nos permite expresar.
Por último, aseguraros que, aunque nos han hecho creer que somos supermujeres, necesitamos de vuestra complementariedad.

A los dos- a mí como mujer y a ti como hombre- nos toca esperar, pero vamos a hacerlo juntos, no en contra. Y mientras se da ese cambio genético que hará fácil lo que ahora es tan difícil, quiero crecer en la convicción de que la aventura de la vida no sería tan hermosa sin ambas partes.

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana 

domingo, 1 de mayo de 2011

"Mujeres al borde de un ataque de nervios"



No, no te quiero hablar de la película de Almodóvar que hace tanto tiempo me hizo reír; quisiera hablarte y aunque te parezca mentira, sin acritud, de lo que tantas veces es el día a día para una mujer como yo...y supongo que también para una mujer como tú. (Perdona que hoy no me dirija a ti, que eres hombre, aunque sí te menciono porque te quiero y necesito que nos echéis una mano). 

Acabo de empezar una nueva jornada: no he dormido bien porque a mi hija le sigue doliendo la espalda; me espera un día de trabajo complicado; María necesita que vuelva a casa lo más pronto posible para ayudarle con la física y química de la que ya ni me acuerdo; mi marido, en un intento de colaborar para que el día vaya bien, no sabe qué va a hacer de cena y me pregunta sobre ello mientras yo pienso que, ¡qué lejos me queda la noche!; antes de salir me llama una amiga para preguntar que qué tal y que a ver cuando cae ese café que nunca tomamos;  el del banco me manda un correo pidiendo que le envíe un justificante de no sé qué pago; necesito llamar a mi madre para saber que está bien; la señora que me ayuda en las tareas de casa me mira con lástima y complicidad (ella vive un caos muy semejante al mío) pero no tiene mas remedio que decirme que la nevera está vacía; la perra parece que necesita un baño (creo que voy a pedirle que se duche sola); hay también otro montón de cosas a las que tengo que dedicar un rato...y yo cierro la puerta de casa y marcho pensando: ¡¡¡pero esto...qué es!!!

Como tú, soy mujer, madre, esposa, trabajadora, amiga, ama de casa, hija, hermana y no sé cuantos "títulos" más y bien sabes que no es tarea fácil.

Cuando naces mujer asumes con naturalidad el tener las mismas oportunidades que tus hermanos o tus compañeros. Te preparas con mimo, esfuerzo y vocación para desarrollar una profesión. Para muchas de nosotras, justo en el momento en que las metas profesionales son más atractivas, se cruza en la vida esa persona que resulta ser la que te elige y eliges como compañero de camino... Más tarde, la naturaleza nos despierta el instinto materno y nos regala los hijos. Ellos, al llegar, protagonizan uno de los momentos más sublimes de nuestra vida. Y cuando llegan...se quedan para siempre.
Es en ese momento, sobre todo, cuando una se ve obligada a optar y decidir cuantas cosas puede y debe hacer sabiendo que es una persona con sus límites y que el día solo tiene ¡24 horas!

Entonces, hay mujeres que optan por quedarse en casa para realizar la labor, a mi parecer, más maravillosa del mundo: la de estar siempre ahí, al servicio de los otros, con una presencia tantas veces inadvertida.

Otras mujeres optamos, o la vida y sus circunstancias nos hacen optar, por compaginar el trabajo fuera y dentro de casa.

No puedo olvidarme de aquellas mujeres que, empujadas por una vocación universal de servicio, renuncian a una vida de familia para poder dar, desinteresadamente, lo mejor de ellas mismas al mundo en el que vivimos...

¿Y sabes lo que pasa? ¡Que ninguna de las tres opciones es fácil!
A aquellas que se han quedado en casa las hemos olvidado todos: los de dentro, los de fuera y si me apuras un poco, hasta ellas mismas... ¡Cuántas amigas tengo cuya autoestima está por los suelos porque ni la sociedad, ni incluso a veces los suyos les valoran la entrega, la generosidad, la renuncia que hacen por los demás...!

Las que intentamos compaginar familia con trabajo vivimos una auténtica esquizofrenia. 
La exigencia del trabajo es máxima mientras que seguimos sin ser reconocidas en muchos aspectos.
En casa, el hombre intenta echar una mano pero, seamos honestas con nosotras mismas: hombre y mujer son dos seres biológicamente diferentes (no introduzco aquí otras distinciones históricas, sociales, culturales, de tradición...) y creo que estas diferencias justifican más que de sobra algún que otro desencuentro. 
Los hijos, a pesar de querer ayudar, siguen acomodados en algunas actitudes confortables a las que les es muy difícil renunciar. ¡Y mira que son buenos y lo intentan! 
Y me queda la sociedad que, a pesar de algunos esfuerzos, no ha dado con la fórmula para permitir que las mujeres podamos, confortablemente, llegar a casi todo...

Por último, aquellas mujeres que han renunciado a todo por un amor más universal, a veces son incomprendidas, desconocidas, olvidadas...

Bien cierto es que, cuando miramos atrás en la historia, la mujer ha conseguido con mucha lucha y esfuerzo unos derechos que le han pertenecido desde siempre pero que también, desde siempre, se le han negado por el simple hecho de ser mujer. Yo me alegro de esta conquista y mi profundo agradecimiento a todas esas mujeres que lo han hecho posible. Pero, tras el "logro", mi miedo actual es si no estaremos dándonos demasiado; dándonos y gastándonos, a veces, hasta la extenuación...

Necesitamos ayudarnos, y sentirnos ayudadas por los demás, a valorar lo bello que es ser mujer y las posibilidades de acariciar la vida que eso comporta. Este es el gran reto. 
Pero mientras todas esas ayudas llegan, mientras todos los cambios que necesitamos se producen, estamos obligadas a sobrevivir y no morir en el intento...
Para ello, yo he tenido que llegar a conclusiones personales y probablemente válidas solo para mí; a pesar de ello quiero compartirlas contigo: porque las prioridades en la vida van cambiando y encima no te piden permiso, lo único que he aprendido a hacer es reconocer, en cada momento, cual es la prioridad más importante y ser consecuente con ello. ¿Que esto implica renuncias? Naturalmente. ¿Que nadie me lo va a reconocer ni a aplaudir? Lo doy por supuesto. Pero hay algo de lo que estoy convencida: la tarea más hermosa en la vida es ser, constantemente, fiel a uno mismo. 
Ojalá que cuando llegue el día en que demos nuestra tarea por concluida podamos decir de nosotras mismas: 

              "Yo soy aquella mujer que escaló la montaña de la vida 
     removiendo piedras y plantando flores".                                                                           (Cora Coralina, poetisa brasileña  1891-1985).


Te quiero mucho. Hasta el domingo


Ana 

domingo, 24 de abril de 2011

¿Quién?

                               ¡Feliz Domingo de Resurrección! 
Quisiera regalarte una buena noticia: el Señor Jesús ha resucitado y, "de alguna manera", se queda con nosotros para siempre.
No nos deja solos; quiere permanecer aquí, "por si acaso"; y acogernos; y acompañarnos en la aventura de la vida; y transmitirnos su confianza en que siempre podemos aquello que nos propongamos; y decirnos que nos atrevamos a pedirle por todo aquello que necesitamos; y animarnos a vivir desde donde merece la pena; y enseñarnos que la fraternidad nos hace mas felices; y concedernos el don de la ternura; y regalarnos cada día la sorpresa de amanecer...

Él fue, es y será ese QUIÉN por el que se pregunta la canción del video. 
¡Que la disfrutes!




"¿Quien?" de Luis Guitarra



Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 17 de abril de 2011

El me mira y yo le miro




San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, en Francia, cuenta una historia bellísima:

"Un campesino llegaba por las tardes a su iglesia, se sentaba y no decía una palabra, ni tampoco hacía ningún acto, rezo, lectura de un libro o devocionario o algún devoto movimiento especial.

El párroco curioso le pregunta: disculpe, pero estoy intrigado por sus visitas al templo… ¿Qué le hace venir todas las tardes? ¿A qué viene, si no lo veo rezar, ni arrodillarse, ni hacer ningún gesto o acto especial?

El campesino le mira y con humildad le dice: Mire, yo vengo todos los días a ver a este Cristo y no sé qué decirle, entonces yo lo miro y él me mira ... eso es todo..."

Es el don de la contemplación, es ese no saber qué decir, es la fe en estado puro que pide silencio, es el querer descalzarnos para adentrarnos en el misterio de Dios...

Ante ese Cristo - y con la humildad que exige el dejarse mirar- se nos invita a examinarnos sobre el significado profundo de nuestra vida; y a dejarnos convertir por su mirada; y a obtener el aliento para seguir... En definitiva, y en palabras de San Ignacio, ante ese Cristo se nos invita a "contemplar para alcanzar amor..."

Te animo, en esta semana que antecede a la celebración de la Pascua, a ser como el campesino del que nos habla el cura de Ars: a encontrar, cada día, ratos de silencio; a sentarnos y mirarle; a pensar en lo que significa; a descubrir en ese Cristo crucificado la belleza del amor que llega hasta el final, convencidos de que, como decía Dostoievski en El Idiota,  "un día, la belleza salvará al mundo".



Te quiero mucho. Hasta el domingo



Ana




domingo, 10 de abril de 2011

Pájaros y ramas


“Somos como pájaros en una rama, podemos echar a volar en cualquier momento –dice uno de los monjes.-No, te equivocas, –le contesta la mujer– nosotros somos los pájaros y vosotros sois la rama. Si os vais, no nos queda nada.”

La película "De dioses y hombres" (Xavier Beauvois. Francia. 2010), de la que extraigo el diálogo a pie de foto, nos cuenta la historia real de unos  monjes cistercienses asesinados por integristas islámicos en Tibhirine, Argelia, en 1996. 
Los monjes, desde su monasterio instalado en el monte Atlas, llevan años sirviendo a sus vecinos de religión musulmana y ortodoxa que les quieren, les respetan y les necesitan. Por ello, cuando ante la amenaza de muerte, los religiosos se plantean si abandonar o no el lugar, una vecina  les dice que, si se van, el pueblo al que ella representa  y ellos tanto aman no sabrá donde posarse. 

Este diálogo que te transcribo me lleva a pensar sobre nuestro ser...sobre nuestro ser pájaros y nuestro ser ramas...
Resulta que somos pájaros; podemos volar, y de hecho lo hacemos para, de vez en cuando, regresar a descansar a nuestra rama: esa que hace mucho tiempo elegimos; a la que ya nos hemos acostumbrado; esa a la que llenamos con nuestra existencia; la que nos espera siempre; la que nos permite recobrar fuerzas y nos consuela tras nuestra jornada; desde la que solemos cantar cuando llega la primavera y en la que nos guarecemos en los días fríos de invierno; la que permanece fiel desde hace tanto tiempo a pesar de nuestras idas y venidas...
¿En dónde o en quien nos posamos? 
Y somos pájaros libres: podemos, cuando queramos, echar a volar lejos  y abandonar todo aquello que nos sostiene y también, de una extraña manera, nos retiene...
Y, si un día nos fuéramos, ¿qué sería de nuestra rama: seguiría viva a pesar de nuestra ausencia o se secaría por la pena de constatar que su misión podría haber acabado? ¿Qué pasaría con nosotros: encontraríamos otra rama, volaríamos eternamente sin descanso o moriríamos extenuados y sin sostén?

Resulta que también somos ramas...Servimos de apoyo para algunos o para algo. ¿A quién, con nuestra presencia, sostenemos? ¿A quién servimos? ¿A quién recibimos con alegría y generosidad siempre? ¿De quién son las ilusiones, las penas, las luchas, los logros de los que secretamente somos depositarios?  ¿Qué o quienes son aquellos que, si faltamos, tendrán que pensar donde descansar?

Somos pájaros y somos ramas... 
¿Y no será que todos formamos parte de ese árbol al que pájaros y ramas embellecen? 

Te quiero mucho. Hasta el domingo.

Ana

domingo, 3 de abril de 2011

El médico


Hoy te invito a que te fijes en el cuadro que ilustra mi página de este domingo: "The doctor".  Es un clásico de la ilustración médica. Fue pintado por Sir Luke Filde en 1891 y se encuentra expuesto en la Tate Gallery de Londres. Yo tengo una copia sencilla ocupando un lugar privilegiado en el despacho donde trabajo.

El autor pinta la escena impulsado por la muerte de su hijo en un día de Navidad e inspirado por la devoción profesional del médico que le cuidó. 

 "The doctor"  (Luke Filde)


Es una escena victoriana que no ha dejado de suceder en nuestro mundo moderno. Junto a la enfermedad, al sufrimiento, a la fuga de la vida, a la injusticia... hay un hombre sentado, solo, entregado, paciente, observador, sostenido por una taza de café, ajeno a todo...también al tiempo.

En un segundo plano, los padres de la niña. El padre, de pie, resistiendo; su mirada anclada en el médico,  portador de una ciencia -representada en el cuadro por un pequeño frasco de jarabe- muy lejana para el padre y de una esperanza que a ambos sostiene. La madre, abatida, con su rostro oculto, juntando sus manos cuando solo queda rezar.

Es una escena cuya esencia se repite cada día. Me dirás, y con razón, que las condiciones sociales, en nuestro mundo por lo menos, han cambiado; que la ciencia avanza y que, ya no quedan muchos médicos como el del cuadro... 
Pero ¿sabes?, junto a tantos cambios, lo que nos jugamos los seres humanos cada día ante la enfermedad, lo desnudos que ésta nos deja,  las actitudes y los sentimientos que la rodean permanecen invariables.  Porque el hombre es así: frágil y fuerte, desvalido e imbatible, solitario y solidario. La enfermedad nos sigue haciendo a todos vulnerables y, gracias a Dios, siempre hay un buen samaritano a nuestro lado. Aunque resulte paradójico, pocas cosas nos aproximan tanto al prójimo como la enfermedad y el sufrimiento.

Si te fijas, también en el cuadro aparecen signos de que la vida regresa a la pequeña: una luz redentora brilla sobre la niña; la madre siente la mano resucitadora del padre sobre su hombro; probablemente el pájaro de la ventana está volviendo a cantar y las flores saludan el día con cierto alivio...
La misma  luz redentora- que poco a poco se va imponiendo sobre la de la lámpara- alumbra también al médico: a ese hombre normal que sabe, sobre todo, estar ahí, permanecer...
Probablemente un poco más tarde, recogerá su sombrero olvidado encima de la mesa y marchará entre conmovido y agradecido por haber sido testigo de tanto milagro.

¡Dichosa profesión la de médico! ¡Que suerte haber sido bendecida con ella! ¡Que vocación tan hermosa, la de servir a todos, siempre y sin tiempo, con la conciencia de haber sido tocados por la gracia para "oficiar todos los días de nuestra vida con fe y amor en el altar de la esperanza"!


Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 27 de marzo de 2011

Las cinco de la tarde


Me encantan las cinco de la tarde; no porque sea la hora de los toreros, ¡que también!, sino porque es el momento en que nuestros hijos vuelven del cole y, la casa, que hasta entonces había estado en paz pero vacía, se llena para ponerse, un día más, en pie de guerra...

Llegan y descargan sus mochilas como si descargaran todo el peso que el día les ha puesto encima. Llegan y preguntan dónde está mamá o dónde está papá, y se acercan y te abrazan y en ese abrazo nos transmiten lo que han vivido en el día, sus preocupaciones, sus alegrías, todo lo que son...Y al abrazarte te llenan de ese olor a tiza y a lápiz mordido, a sudor solidario de aula, a goma de borrar, a sueños compartidos, a juegos de patio, a confidencias, a sus luchas interiores porque tienen que crecer... Y, sin darse cuenta, nos lo traen todo como un regalo, como un billete de tren que nos devuelve a una época en la que hemos sido felices; porque con ellos, cada día, tenemos el privilegio de regresar a nuestra niñez.

Cuantas veces, en esas charlas informales de padres en las que intentamos ayudarnos los unos a los otros, hemos hablado sobre la importancia de las cinco de la tarde; lo fundamental que es poder estar para verles venir de lejos; para intuir lo que traen con ellos; para abrazarlos y sentirlos y que nos sientan; para escuchar;  para hacerles saber que, en esa habitación tan privilegiada que ocupan en nuestro corazón, pueden sentirse seguros; para que encuentren en casa "El País de Nunca Jamás" del que, paradójicamente y aunque nos cueste, tenemos que, poco a poco, ayudarles a abandonar...

Y para todo ello, créeme: a las cinco de la tarde, hay que intentar estar.


Te quiero mucho. Hasta el domingo.

Ana

domingo, 20 de marzo de 2011

La vida siempre puede más


Estos días hemos sido testigos de la tragedia de Japón: terremoto, después tsunami, más tarde centrales nucleares que amenazan...

Hemos contemplado con horror y tristeza la tragedia- algunos, creo que irresponsablemente, lo han llamado apocalipsis- de un archipiélago en el que vive un pueblo sabio, respetuoso y el mejor preparado del mundo para enfrentarse a este tipo de desastres.
Hemos sufrido con ellos; no los hemos podido quitar ni del corazón ni de la mente; han estado constantemente presentes en nuestras plegarias.
Los hemos admirado por ser tremendamente ordenados, solidarios, fuertes ante la adversidad, capaces de sufrir en silencio. Honor, tradición y deber han controlado férreamente esa desesperación humana tan natural en circunstancias dramáticas.

Hemos visto imágenes de edificios caídos, de olas que se lo llevaban todo, de bomberos buscando entre escombros, de personas que se han quedado terriblemente solas...Hemos visto el miedo, el dolor, la escasez, la  incertidumbre, el heroísmo, la solidaridad, el éxodo...
De todas esas imágenes, me ha conmovido especialmente la de una mujer japonesa dando a luz; alumbrando vida en medio de la muerte y el caos; como diría Benedetti, "pariendo felicidad en un futuro que no existe"... 
Al fijarme en ella, su rostro reflejaba esa confusión que genera el ser "dolorosamente feliz"... Pero también había algo más: desconcierto, duda, inquietud...algo así como si preguntara a aquella criatura que ahora tenía en sus brazos: "¿qué te va a tocar vivir a ti que acabas justo de nacer?"

Y pensé: ¿cómo es posible que en estas circunstancias nazca la vida...?



Pero es verdad: el que la vida resurja de entre las mismas cenizas no es algo infrecuente; no sé si has tenido alguna vez que celebrar el primer cumpleaños de tu hijo al poco de morir tu padre, o la noche de Navidad cuando acababas de perder a un ser querido, o el  milagro de que alguien sobreviva durante días entre las ruinas de algún derrumbe o en el fondo de pozos negros...
¡Cuántas veces se mezclan muerte y vida-vida y muerte y, mientras nos confunde la mixtura de sentimientos que dicha unión provoca, no sabemos si llorar o sonreír...!

Pero no te quepa duda: a pesar de todo, la vida siempre puede más. Pase lo que pase, la vida tiene esa fuerza interior que la hace imbatible, poderosa, superviviente a todos...incluso a nosotros mismos. Es el milagro de vivir el que nunca dejará de sorprendernos. Es la certeza de que, aunque un día nosotros no estemos aquí, la vida seguirá.

Que todo lo que podamos hacer por nuestros hermanos japoneses -también por  aquellos que ahora mismo nacen en esa tierra que tiembla-, desde la oración a la aportación económica, no quede sin hacerse. Ellos precisan que seamos instrumento de ese milagro que tanto necesitan.  

神様が日本を祝福   (Dios te bendiga, Japón)

Te quiero mucho. Hasta el domingo

Ana

domingo, 13 de marzo de 2011

Tiempo de Cuaresma

El Miércoles pasado fue Miércoles de ceniza y con él iniciábamos, un año mas, la Cuaresma; un tiempo litúrgico muy valioso, importante, pero que no sé por qué, me pasa a veces desapercibido... Son cuarenta días de preparación a la Pascua de Jesús. Son cuarenta días de profundización en el Misterio. Son cuarenta días de oportunidad de cambio, de conversión. Y son cuarenta días de exigencias; entre ellas, el ayuno, la limosna y la oración.

Me gustaba hoy, en este blog, darle un espacio a este tiempo de Cuaresma y centrarme en aquellas exigencias tradicionales  pero aún vigentes... Porque, de alguna manera, quisiera llenar de sentido aquello que hacemos o que, en este caso la Iglesia, nos invita a hacer; aunque no se lleve, aunque parezca que está pasado de moda, aunque no sea atrayente.
Para ello, voy a ayudarme de algunas reflexiones - precisamente las que se centran sobre estas prácticas exigentes- de la carta de Benedicto XVI  para la Cuaresma de este año 2011:

"En el itinerario cuaresmal se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz...para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida...Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo"

"El ayuno adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo"
Me gusta esta reflexión porque, entre otras cosas, me lleva a pensar en mi abuelo. Él era uno de dieciséis hermanos de una familia pobre con un padre ausente. No tenían nada. Los chicos trabajaban picando piedra en las canteras  asturianas y aprovechaban el tiempo de descanso para estudiar mientras las mujeres se ocupaban de las tareas de la casa. Todos ellos contaban solo con un par de zapatos que guardaban para ir los domingos a misa. A pesar de la precariedad en la que vivían, cuentan que en su mesa siempre había un plato de más por si pasaba un pobre y se sentaba a comer con ellos. Quizá hubo días en los que comieron aún menos pero estoy segura de que Dios se sentó a la mesa con ellos.

"En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener... La Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete..."
Vivimos tiempos de precariedad para muchos...La pobreza está tocando a gente que jamás la había conocido. Yo tengo amigos que me dicen que lo están pasando económicamente mal...Es cuando el corazón me evoca  aquella frase de San Pedro Poveda: "No hace falta ser rico para dar, basta ser bueno"

"En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. En la oración encontramos tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán»,  para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos»  y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna"
Y aquí me gustaba referirme a la práctica que muchos de nosotros tenemos de rezar con nuestros hijos. Cuando llega la noche y antes de que les venza el sueño, ¡que hermoso es acercarse a su cama y rezar con ellos esas oraciones que aprendieron hace ya tiempo pero que les siguen significando! Y son muchas noches las que pienso que su oración sencilla pero constante se eleva hasta un Dios que se siente conmovido.Quizá, en estos días, se nos pida a nosotros especialmente que tengamos nuestro espacio, quizás de silencio, quizás de lectura de Evangelio, por si Dios habla.

Aquí te dejo con estos pensamientos...Se me ocurre, sin embargo que, con los ejemplos tan cotidianos que todos tenemos, quizá no se nos pida nada "heroico" para estos cuarenta días... Y es que, ¿será que basta con llenar de sentido aquello que hacemos con inadvertida frecuencia?


¡Feliz Cuaresma!


Te quiero mucho. Hasta el domingo.


Ana